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Diario de lectura
Sobre registrar los libros del año
Estas semanas me la pasé viendo balances de lecturas de gente en internet. Desde cuántos libros leyeron hasta sus diez favoritos, pasando por información más estadística como cuántos libros de mujeres habían leído o cuántos argentinos. También seguí el debate pavo de Twitter sobre si era de un “lector de verdad” hacer balances o llevar registro. De un lado decían que la lectura es puro frenesí del deseo y que, por lo tanto, no puede atarse a ninguna obligación o esquematización. Los otros no daban muchos argumentos a favor, sino que glorificaban las herramientas para el registro (“larga vida a goodreads y su interfaz de 2005”) o le criticaban la posición moral al del primer twit (“ningún “buen lector” diría que algo así no es de buen lector”).
Me quedó una sensación extraña. Por un lado, me encanta chusmear qué leen otros, y la peleita de internet es mi deporte favorito. Por el otro, me quedó la sensación de estar en falta. Aunque antes yo estaba contenta con la cantidad y sobre todo con mis lecturas de este año (es el año que más leí desde el 2020, once libros más que el año pasado), empecé a pensar que tendría que haber leído más, que mis 38 libros terminados (sin contar poesía ni historieta, porque esos no los registro) eran una pavada. Pero había también otra cosa, la falta de argumentos por los que el registro que, aunque impreciso, para mi es valioso.
Anoto los libros que termino desde 2013. Siempre en el mismo cuaderno y con la misma fibra, porque soy un poco metódica y muy fan de la perfo. Conozco gente que usa un documento de Word, un Excel, Goodreads o Bookmory. Cada herramienta tiene sus limitaciones (mi cuadernito, por ejemplo, no me permite hacer gráficos, ni calcular nada más que la cantidad rápidamente), pero todas tienen el mismo objetivo: acordarse de lo que leímos.
Antes de empezar a anotar hay una serie de decisiones para tomar en relación a qué datos vamos a coleccionar, cuáles van a ser útiles para más adelante. Yo soy austera, y registro solo título, autor, editorial y fecha de finalización, pero podríamos sumar cantidad de páginas, fecha de la edición que leímos, un puntaje o incluso una reseña de la lectura.
Lo mismo pasa con qué vamos a registrar. Ya lo decía un poco más arriba, yo anoto solo los libros que terminé, siempre y cuando no sean ni historieta ni poesía, porque tienen ritmos muy diferentes de lectura. Pero si usan Goodreads pueden cargar el libro que están leyendo, o incluso los que quieren leer. En todo caso, puede registrarse lo que una tenga ganas, lo que quiera saber sobre sí misma en el futuro.
Es que el registro, en última instancia es eso: registrar para saber más y sobre todo mejor sobre nuestros hábitos. No se trata de construir un reto para leer más, ni de una competencia con otros, sino de tener a dónde volver cuándo queremos navegar de una forma un poco más prolija nuestra memoria.

El año que más leí fue el 2019. Trabajaba en una librería, y tenía mucho tiempo alrededor, porque tenía unos horarios terribles que hacían que la socialización fuera más difícil. El año que menos leí fue el 2023. Era dueña de una librería, pero se ve que las complicaciones de esa responsabilidad hacían más difícil la concentración. Sí, podría acordarme de esos años gracias a otros hitos, pero la sensación que me queda es que la memoria es más precisa cuando se entrelaza con mis hábitos de lectura.
Si releo mi lista de leídos este año, puedo ver que me obsesioné con Ryu Murakami, y ahí me acuerdo del viaje en el que descubrí que la editorial Abducción lo estaba traduciendo. Veo los Carrère y pienso en K., que me lo presentó, y en la alegría de ahora compartir bibliotecas, aunque eso signifique tener El Reino dos veces. Quise adelgazar y leí Elogio de la delgadez, de Cecilia Absat (libro divertidísimo, pero no muy útil para el objetivo de bajar unos kilos sin desarrollar un TCA). Me encuentro el primer libro del que hablé en este newsletter. Empecé a escuchar audiolibros mientras corro, y ahí está el primero que terminé, La llamada de Leila Guerriero.
Recorro las lecturas y me acuerdo de libros que dejé por la mitad y que me gustaría terminar. Un poco para anotarlos, pero otro poco porque no recuerdo que los haya abandonado por algo en particular. A veces pasa.
Es 30 de diciembre, y aprovecho esto para hacer mi ritual de todos los años: reviso qué leí, y pienso: el año que viene quiero leer más, llegar a cincuenta (un libro terminado por semana no parece nada muy descabellado), quiero terminar libros abandonados. Es probable que no pase exactamente así como me lo imagino. Voy a seguir abandonando libros, pasando periodos sin leer casi nada, me voy a seguir saltando páginas, y voy a seguir anotando ese recorrido sinuoso que son los caprichos lectores, más como un diario de aventuras que como una obligación o una competencia con otros.
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