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Veinte cajas de libros

Sobre las bibliotecas compartidas

La semana pasada me mudé. Cambié de barrio, aunque mi barrio viejo y el nuevo se parecen más de lo que imaginaba (Caballito y Belgrano tienen el mismo espíritu, con algunas mínimas variaciones que los singularizan. Estoy dispuesta a hacer visitas guiadas para sostener mi teoría). Cambié también de organización habitacional. Dicho en criollo: pasé de vivir sola a convivir. 

Las semanas previas a la mudanza, embalamos las cosas que serían parte de la casa nueva. Había hecho una mudanza hormiga de ropa, así que, cuando terminamos de embalar había tres mesas, un par de sillas, algunas cosas de cocina, un colchón y veinte cajas con libros. 

Cualquiera que tenga libros en su casa sabe que mudarlos es un infierno. Son muchas unidades pequeñas, casi todas de formas diferentes; juntos son pesados y desfondan cajas con una habilidad que hace que una crea que tienen consciencia y eligen hacerlo para arruinarnos la vida. Pero incluso si nos olvidamos del engorro material que implican (o quizás precisamente porque tienen un cuerpo), hay algo muy desolador en dejar los libros en cajas. 

Es que una construye una relación íntima con la biblioteca como un todo. Es la trayectoria de intereses que tuvimos a lo largo de la vida, y es también el lugar en el que guardamos las respuestas que encontramos en los libros. Una biblioteca en cajas pierde su mejor virtud: la de ofrecernos un lugar en el que ir a buscar eso que olvidamos. 

Quizás por eso, el día que finalmente hicimos la mudanza, la primera actividad que encaramos fue el orden de las bibliotecas. Nos enfrentábamos, mi concubino y yo, a dos dilemas: uno de carácter filosófico y otro, organizativo. 

 El primero era, claro, si íbamos a mezclar nuestros libros. En twitter, mujeres que usan el vocativo “hermana” dicen taxativamente que las bibliotecas no hay que mezclarlas. “Culeo y lectura, asunto separado”, dicen. Otros, más mediadores, proponen bibliotecas separadas, pero contiguas. Los libros ordenados entre los tuyos, los míos y los nuestros. El problema ahí es cómo distinguirlos cuando la conversación entre lectores lleva inevitablemente a las lecturas de una por las lecturas del otro. 

No, nosotros vamos a mezclar las bibliotecas. Si estamos haciendo todo esto no es para quedarse a medias. Vamos a seguir la fantasía de esa otra tuitera que decía con ojos soñadores que quería mezclar sus libros de tapa dura de las tragedias griegas con el de los cien años del Colo Colo de su novio. 

(Primer paréntesis malicioso de la jornada. En la decisión de si mezclar o no las bibliotecas hay una cuestión de principios, sí, pero también de estima personal. No unir bibliotecas con tu pareja no solo parece ser comprar un seguro a largo plazo imposible en el amor –poner menos para sufrir menos después, pero vivir menos o con menos intensidad en el momento–, sino que es una falta de confianza inadmisible sobre las capacidades propias para conquistar esa biblioteca y salir con el botín que nos corresponde si, Dios no quiera, las cosas se terminan). 

Dejamos los duplicados, uno al lado del otro, para guardar los subrayados que hay en cada uno, pero también como bandera un poco pava sobre las primeras conversaciones que tuvimos sobre las lecturas comunes. 

Definido el posicionamiento moral de esta casa sobre la división de los bienes, nos enfrentamos a la siguiente decisión: cómo se iban a ordenar los libros. 

Existen infinitas formas de ordenar los temas en los que pensamos. La herética, por colores. La archivista, por fecha de ingreso al hogar. La vanidosa, los libros visuales en el living. La de puaners, por países o tradiciones. La vincular, por afinidades de escritores. La sentimental, los libros más amados en los espacios privados y los intrascendentes en las áreas públicas. 

En nuestro caso elegimos un orden parecido al de una librería (quizás influenciada por mis años frenteando estanterías como librera). Las dos bibliotecas más grandes tienen ficción, ordenada alfabéticamente. La tercera biblioteca tiene no ficción, ordenada temáticamente (Diccionarios y gramáticas, entre las plantas del primer estante. Siguiente, deporte, ciencia, política e historia. Siguiente: libros sobre el amor, libros sobre la muerte, libros sobre exploración, caminar y ciudades. Siguiente: ensayo general. Siguiente: biografías, memorias, cartas y diarios. Siguiente: libros sobre editar). La biblioteca chiquita tiene poesía, revistas y miscelaneas. La estantería de la oficina tiene historietas y el terror permanente de que se desarme, porque no parecen existir más en el mercado las estanterías hechas para guardar libros. 

Con las decisiones tomadas, y los amigos que llegaban a ayudar en el orden, la biblioteca quedó terminada ese mismo día. Y, con la biblioteca armada, se armó también la sensación de que esa casa ya era nuestra, porque se nos parecía. 

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