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Lo difícil no es escribir
Slow living #1 | sobre abandonar las redes
A fines del año pasado fuimos con dos amigas a Chile. En el variopinto repertorio de conversaciones que se desarrollan en las convivencias de los viajes, una de ellas contó que había desinstalado Instagram del celular.
Nos contó que entraba solo por web, miraba las veinte stories de amigos que le interesaba ver, y listo. Que ver reels en la compu es más difícil, y que además una se siente ridícula más rápido en ese doomscrolling. De última sacaba fotos y, si quería subir una storie, descargaba Instagram y después lo eliminaba. Pero toda esa vuelta hacía que se diera cuenta de que tampoco tenía tantas ganas de subirla.
La idea nos pareció genial. Hablamos de que sentíamos que no veíamos nada que nos interesara demasiado en redes. Pensamos en qué extrañaríamos: la vidriera (Instagram parecía ser el lugar donde una encontraba lo que quería comprar), saber en qué andaba la gente del tercer o cuarto cordón de relaciones (aunque eso bien podría seguir viéndose, porque una podía consultar Instagram en la compu), las conversaciones con desconocidos que surgen por publicar algo en internet (cada vez son menos, porque las redes sociales están cada vez más unilaterales), la sensación de ser vista, de ser parte.
Después de esa conversación, todas eliminamos Instagram. Creo que la que más duró, estuvo una semana sin descargarlo de vuelta.
Yo duré dos días.

Vengo dándole vueltas a la idea de escribir una serie sobre Slow Living. Un término muy monono –y muy útil para encontrar en foros gente hablando sobre el tema– para hablar de intentar vivir una vida más tranquila. No menos intensa, pero sí con menos ruido. Es una idea que me entusiasma bastante, y que además circula con este u otros nombres en la conversación con las personas a mi alrededor. Y, sobre todo, me parece una idea que se puede pensar desde distintos puntos.
Pero hace quince días que le daba vueltas al tema, leía algunas cosas, pero no podía avanzar. En general no siento que lo difícil a la hora de escribir sea esto, escribir, sino pensar sobre lo que uno quiere hacer. La sensación que suelo tener es que escribo haciendo otra cosa (corriendo, caminando, lavando los platos) y que después, cuando me siento, lo que hago es tirar de los hilos de eso que ya está escrito en la mente. Escribir es relativamente sencillo, y sobre todo placentero. Lo difícil, lo desafiante, es pensar.

Hasta que, ayer, en un paseo por el Dark Playground, me llegó el newsletter de María del Mar Ramón. Mar hablaba de su experiencia dejando de tomar alcohol y de las cosas que había descubierto en sus cuatro años de abstemia. Las adicciones no son a priori un tema que me interese particularmente, ni tampoco el alcohol. Me gusta tomar, pero puedo pasar períodos largos sin. La épica de los escritores alcohólicos siempre me dio un poco de fiaca, siempre me queda la certeza de que el genio ocurre a pesar de eso.
Pero la lista de Mar llegó en buen momento. Yo me había pasado toda la tarde scrolleando en redes que estaban particularmente aburridas, escuchando gente hablar en videos de Youtube y jugando un jueguito en el celular que me da mucha vergüenza.
Era una tarde que había acomodado para que me quede libre para escribir, y ahí estaba yo, buscando estímulos rápidos para que no quede espacio para un pensamiento. Cada tanto decía “no, no puede ser” y volvía a la hoja, escribía una línea, me daba un pánico total porque no sabía qué escribir, y volvía al Dark Playground a sentirme miserable, pero segura. De vuelta: lo difícil no es escribir, es pensar. Y el pensamiento, como decíamos acá, necesita tiempo y vacío. Si me frito el cerebro jugando el jueguito más estúpido de la historia de internet, no queda espacio para pensar nada.
Mar, cuando hablaba de su decisión de dejar el alcohol, nombraba tres cosas: no se acordaba de qué había hecho, se arrepentía o sentía vergüenza y luego repetía el ciclo. Y me reconocí en esas sensaciones en mi relación con el celular. Me da vergüenza, no me acuerdo de nada de lo que vi o de lo que hice, me decía que no lo iba a hacer más y al día siguiente repetía en mayor o menor medida.
Así que, en la búsqueda de esa vida con menos estímulos pero más intensos, y como quien deja una droga para que después pegue mejor, eliminé las tres apps que más me ingresaban en ese círculo vicioso: twitter, instagram y el juego de celular. No me sirven las limitaciones de tiempo, ni las apps que te restringen el acceso, porque las elimino o pido más tiempo. Mejor cortar de raíz, aunque sea unas semanas, para identificar cuáles son los tiempos que ocupaba con el celular y que ahora tendré que encontrar cómo llenar de otra forma.
Imagino que volveré en unas semanas. Quizás con el método: acceso por la web, descargar la app para subir algo y luego eliminarla. La última vez que hice esto (forzada porque me robaron el celular) descubrí, cuando volví, que me parecían mucho más aburridas.
Por lo pronto, hoy fui a correr temprano a la mañana y descubrí que agarraba el celular para scrollear en momentos que no tenía ni identificados (y que por el gesto terminaba abriendo apps mucho más aburridas, como la de la obra social o la del banco). Pero también me descubrí escribiendo esto mentalmente, como hacía al menos una semana que no me pasaba. Y se me ocurrían ideas, tramas, twits. Mi cerebro, si le doy aire, encuentra formas de divertirme.
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