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Las señoras vuelven con el frío
Sobre la ausencia prolongada
Mientras escribo este correo hace frío. No es el frío de un día frío, sino una mañana fría. De lejos puede no parecer gran cosa, pero quienes vivimos los días de humedad de la semana pasada, agradecemos con alivio que la temperatura haya bajado algunos grados. Es también el anuncio de que ha pasado el tiempo: ya es evidente que amanece más tarde, salir muy temprano en short y musculosa se vuelve una especie de lotería, y los más prudentes meten un saquito en la mochila.
Ha pasado el tiempo para este newsletter también: el último envío —suelto, porque había decidido tomarme unas vacaciones en enero— fue hace un mes y medio. Quiero, un poco para pasar a otra cosa, contarles de este tiempo. Sobre todo porque la razón principal de mi ausencia sale de la imprenta a fin de mes.

Las señoras de Almagro es un libro de poesía de ciencia ficción o una novela en verso sobre señoras guerrilleras y palomas extraterrestres, y es también la razón por la que escribí esta historia para colombófilos y luego me llamé al silencio en el newsletter. Tenía (sigue teniendo) como fecha de presentación el 9 de abril. Para eso había que entrar a imprenta el 1 de marzo, había que entregar un borrador al menos veinte días antes a la editorial, había que resolver el final del libro y había que, sobre todo, escribir muchos, muchos poemas sobre señoras.
Nunca había escrito antes un libro entero desde una idea. Es decir: en mis libros anteriores me había encontrado de pronto con un montón de poemas que rondaban algunos temas y que podían pensarse con un todo. Ahí, junto a la editora, podamos, ordenamos y definimos qué huecos había que llenar con más poemas.
Acá, en cambio, la idea fue lo primero: unas viejas descubren una invasión alienígena de palomas, que ingresa a la ciudad vía Almagro porque tienen un tongo con el delegado municipal (la navaja de Ockham nunca es el principio más divertido para escribir ficción). Pero en el proceso de escritura me fui enterando quiénes eran esas viejas, y quiénes eran las palomas. Y, sobre todo, me fui encontrando con matices de la historia que al principio no intuía, matices fundamentales para que la trama avance y los personajes fueran más o menos interesantes. Para escribir una historia, hace falta más que un chiste.
Y así dejó de ser importante cómo habían hecho para entrar las palomas alienígenas, y empezó a ser central lo que las señoras veían o empezaban a descubrir que las convencía más y más de que había algo raro. Me empecé a amigar con las señoras, y a enojarme y a cuidarlas como una hace con los amigos de muchos años. Las palomas dejaron de ser el mal (para mí y para el libro) y pasaron a darme miedo, un miedo consciente de que lo que buscan ellas no es infundir terror.
Ahora, que el libro todavía no salió pero ya no estoy escribiéndolo, las señoras viven para mi en una especie de limbo. A veces me acuerdo de ellas, pienso si estarán bien. Como con esos conocidos de quienes no tenemos ni el celular, pero que recordamos con cariño, espero cruzarlas en el supermercado como para que me cuenten en qué andan. Sigo mirando con inquietud a las palomas en la calle, mirada que se refuerza con las fotos que me mandan mis amigos con palomas en situaciones extrañas.

La foto que me mandó mi amiga Bianca de una paloma-loro-de-pirata que se encontró almorzando.
Fue de ese limbo del que me costó salir para volver acá. Tenía que limpiar la cabeza de viejas y palomas, de invasiones y deterioros. Tenía que volver a la rutina que hacía que escribir este newsletter fuera posible. Me acordé que si me levantaba una hora antes, y saltaba de la cama a la compu, escribía una hora casi sin pensar, y acá estoy, en la primera mañana fría-fría del año, exorcizando a las señoras para poder escribir sobre temas menos aviares.
Mi bisabuela decía que los viejos tenían que tenerle miedo a agosto, porque el mes te engañaba con el sol, y se sabe que a los viejos los mata el frío. Era una vieja porfiada que se murió en verano. Las señoras de Almagro somos así de porfiadas y volvemos con el frío.
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