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Historia para colombófilos

Sobre las palomas

Últimamente estuve leyendo mucho sobre palomas. Es que estoy escribiendo una historia que incluye un montón de palomas y me di cuenta, cuando me senté a rellenar los huecos para que la historia avance, que no sabía nada del tema. Al menos, nada más que lo que sabemos todos: que Noé mandó una paloma a chequear si ya había tierra firme, que el Espíritu Santo toma la forma de una paloma en muchas representaciones pictóricas, que está instalada como símbolo de la paz, particularmente asociado al dibujo de Picasso. No más.

Busqué primero referencias en la literatura, ese repositorio de los aprendizajes que hicimos los humanos sobre nuestra experiencia en el mundo. Pero se me ocurrían pocos, a diferencia de otros animales con los que, deformación librera mediante, puedo armar un canon veloz. Solo algunos poemas. “Cazador”, de García Lorca (¡Alto pinar!/ cuatro palomas en el aire van// cuatro palomas/ vuelan y tornan/ llevan heridas/ sus cuatro sombras.// Bajo pinar/ cuatro palomas en la tierra están) y “Bajo las estrellas del invierno”, de Viel Temperley. 

El problema es que a ese pájaro que un día se posó exactamente sobre el corazón del poeta (“lo que es igual a recibir de un golpe/ el propio corazón en el lugar exacto/ el único lugar del universo/ donde es una victoria recibirlo”) siempre me lo había imaginado como a un gorrión, una golondrina o una calandria. Es decir, como un pájaro chiquito, marrón, de pico corto y redondeado, más parecido a un peluche. La imagen de un hombre acostado al que se le para una paloma en el pecho (se miran a los ojos, y se reconocen), convierte al poema en una cosa mucho más siniestra. 

Así que me puse a investigar. Arranqué, claro, por Wikipedia. Me parecía bien tener algo de información en números. Tamaño y peso promedio, velocidad de vuelo, sentidos más desarrollados. Origen geográfico y expansión, origen del nombre. No los voy a aburrir con detalles mucho menos divertidos que sentarse en una plaza a mirarlas. 

Pero descubrí ahí que antes del catolicismo y antes de considerarlas plagas en las ciudades, antes de que fueran soldaditos alados durante la primera guerra, y antes de que existieran webs adorables para desmitificar los horrores de las palomas, eran animales sagrados. 

En las representaciones de Venus (Afrodita para los griegos), muchas veces aparece con una paloma en la mano. Es que uno de sus nacimientos fue de un huevo caído del cielo, que las palomas empollaron hasta que nació la diosa del amor y la fertilidad. Una podría imaginarla, varios siglos más tarde, yendo convertida en paloma para la concepción divina.  

A partir de ese mito, y de la herencia de Venus en otras diosas, los pueblos de la región de Medio Oriente y el Mediterraneo mantuvieron la idea de que comer palomas era algo prohibido. Tema complicado comerse una diosa, cosa reservada para sacerdotes u oráculos. Los habitantes de Ascalón creían que se convertían en palomas al morirse, y comerse un primo puede generar siempre problemas familiares, incluso en Santiago del Estero (perdón, no pude aguantarme el chiste). 

La idea de comer, o de no comer, palomas me recordó la polenta con pajaritos. Herencia italiana, en mi casa se usaba como sinónimo de algo feo, pero también absurdo. Era como responder, cuando alguien preguntaba qué gustos de helado habían comprado “vómito de perro y dulce de leche con hongos”.

Dejandome caer por el agujero negro de foros de colombófilos, terminé leyendo sobre investigaciones respecto al impacto o no que tienen en las ciudades y en nuestra salud, pero en diagonal porque no era lo que andaba buscando. La navegación es así: una web dudosa, aunque con citas bibliográficas, lleva a un paper, y ese paper a otro y termino descubriendo que hay estudios sobre la consciencia y las palomas. 

Acá hago una pausa. La consciencia es un tema fascinante del que la humanidad sabe muy poco, y yo aún menos. Como mi ignorancia total me permite entusiasmarme, intento avanzar con cautela. Lo que sabemos es que las palomas se reconocen a sí mismas, e identifican a otras de su misma especie como algo distinto de ellas. Pero no solo eso, reconocen también humanos, los distinguen unos de otros. 

Mi amiga Lore me recordó que en Seguir con el problema, Donna Haraway usa de ejemplo las vinculaciones entre colombófilos y palomas para explicar la cooperación entre especies. De vuelta, aparecieron las palomas siendo más inteligentes de lo que parecían. En este punto me pregunté si es por eso que son tan inquietantes. Son animales muy lejanos a los mamíferos, tienen esas cabecitas que recuerdan más a un dinosaurio, y sin embargo se reconocen. 

Dice Calasso en El cazador celeste que “Los Misterios no son algo que se pueda poseer, como un pensamiento: no son algo que se aplica, como una fórmula. Son un lugar que ofrece algo distinto cada vez que se vuelve. Para volver, sin embargo, es necesario alejarse, regresar a la vida común –para abandonarla de nuevo”.  Creo que es algo que puede aplicarse al misterio (no me animo a la mayúscula de Calasso) que provoca cualquier fascinación. No tiene que ver con el gusto, o con el placer estético necesariamente, sino con la aparición de algo que no se nos muestra claro a simple vista. Y que, a medida que ahondamos, no parece esclarecerse, no parece terminarse nunca. 

Intentando alejarme un rato, como recomienda Calasso, salí a caminar en búsqueda de esa vida común. El problema es que Buenos Aires, como todas las ciudades grandes, está atestada de palomas. Las miro, me digo a mí misma que es parte de la investigación para escribir los poemas, pero creo que no es del todo cierto. Tiene que ver con ese misterio que son los otros. Las miro y se parecen un poco más a las personas que se sientan a pasar el tiempo en la plaza que está cerca de mi casa. Intento ser amable, pero no demasiado. Me da un poco de miedo que alguna, de tanto cruzarnos, me reconozca y quiera conversar. 

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