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Vacaciones en 4chan

sobre Amigdalatrópolis, de B. R. Yeager

Las vírgenes suicidas, de Sofía Coppola (la película femcel por excelencia, ya lo dijo la líder espiritual de mi cerebro: Esty Quesada), nos dejó a las adolescentes que gustábamos de sentirnos distintas una especie de mantra que nos salvaba del mundo: “Es evidente, doctor, que usted nunca ha sido una chica de trece años”

Jugar a la distinta habilita una especie de colchón de aire que te separa del mundo, una distancia elegida. Ya no es que no formo parte porque no me parezco a los demás, porque no soy tan flaca o porque me da ansiedad ir a bailar. No formo parte de ese mundo normie porque soy distinta, porque me gustan otras cosas mejores, porque ellos nunca van a ser una chica de trece, quince, diecisiete años. Hacer de los defectos virtudes.

En el mejor escenario, una tiene amigos: pares con los que contrastar la experiencia propia. La vida en sociedad, por suerte, normaliza. 

Pero lo genial de lo que dice Cecilia en la película es que, cuando una crece y deja de definir su identidad en oposición a otros (adultos, varones, normies, etc), descubre que al doctor podría decirle que nunca fue una chica de trece años, o un varón de dieciseis o una mujer que trabaja en un supermercado, y así. Lo genial de la observación que hace Cecilia es la certeza de que la experiencia humana es individual, y prácticamente intransmisible. Y los caminos frente a esa revelación son tres:  suicidarse como Cecilia; asumir que nadie va a entendernos al cien, pero que ese total no es necesario y uno puede ir buscando entendimientos por temas; o aislarse del mundo como el protagonista de Amigdalatrópolis. 

Amigdalatrópolis, de B. R. Yeager (Caja Negra, 2025) cuenta desde tres puntos de vista una historia que, aparentemente, no tiene demasiado. ¿Qué puede haber en el día a día de un adolescente que no sale hace dos años de su cuarto? Y sin embargo, la novela persiste en su arqueología de la vida de un incel

El protagonista de esta historia es anónimo, como lo son los usuarios de foros como 4chan. Y a lo largo de la novela vemos su lectura fragmentada de un foro y seguimos los pocos movimientos que hace por la casa, gracias a un narrador en tercera persona muy frío. 

Hay una tercera voz, la más perturbadora, más, incluso, que los relatos violentos que comparten en el foro (se ve que, como /1404er/, yo también necesito estímulos más violentos y más visuales para horrorizarme. Finalmente, somos de la misma generación). Son unas observaciones en cursiva, que parecen el recorrido sinuoso que hace el inconsciente de una persona casi sin estímulos físicos. No solo leemos lo que él lee y lo que é hace, sino que también leemos lo que él apenas intuye de sí mismo. 

En una primera lectura, pensé que el libro podía leerse como Las esposas de los Álamos, de Tarashea Nesbit: como un esfuerzo procedimental para volver totales las experiencias singulares. Así como Nesbit construye un “nosotras” mutante que continente todas las experiencias de las esposas de los científicos que construyeron la bomba atómica, Yeager escondía detrás de un anon de internet (/1404er/, además del nombre del protagonista, es el nombre del foro y el nombre que usan todos sus usuarios) a toda una comunidad digital de tipos que se sienten un poco corridos del mundo y que, en lugar de buscar formas de encontrarse con otros, se encierran y se radicalizan. 

Pero después me acordé de Las vírgenes suicidas. Y de la sensación de soledad que provoca sentir que los otros no te entienden. De la idea, falsa, de que para ser amado hay que ser comprendido. El desamparo y la búsqueda de una comunidad a la que le gusten cosas parecidas a vos, porque quizás ellos sí sepan. Quizás ellos sí te entiendan. 

Entonces empecé a pensar en /1404er/, el protagonista, con curiosidad. Empecé a sentir pena, a pensar en la agorafobia que tiene, en la imposibilidad de poner límites de sus padres, o en la incapacidad que tiene para relacionarse. No quiero decir con esto que la novela busque generar empatía con la comunidad incel, ni voy a empezar acá una campaña de adopte-a-su-incel-más-cercano-y-presentele-el- mundo-exterior. 

Lo que estoy queriendo decir es que empecé a pensar esta novela como lo que es: una novela. Una ficción en la que el escritor está más preocupado por qué zapatos tiene su personaje que en los grandes temas de la literatura. Y en ese ejercicio, en esa ausencia de intención por ofrecer una verdad revelada sobre el mundo, logra lo que logra la literatura: acercarnos piezas de lo desconocido, prestarnos la piel del diablo, pero sin juzgarlo, como diciendo “este personaje es así. ¿Te suena?”. 

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