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Un reloj roto da bien la hora dos veces por día

Sobre los refranes

Me gustan mucho los refranes. Cuando la vida me ofrece la oportunidad de usar “ese está en misa, en la procesión y tocando la campana” o “no veo cuatro arriba de un burro”, solo puedo agradecer y decirlo. 

No podría, aunque quisiera, enumerar los refranes que uso. Brotan, inevitables, cuando una se enfrenta a las situaciones que los llaman. Esa inevitabilidad no ocurre solo con los refranes, claro. Cada una tiene su colección de situaciones en las que la lengua nos habla. En casa no podemos decir “rebelde” sin cantar “soy un rebelde sin igual voy a las fiestas más paquetas en ojotas” (a veces, con imitación de Copani incluída). Mi papá no puede decir o escuchar ninguna variación de “fue domingo” sin completar “en las claras orejas de mi burro”.

Hay en los refranes, esto no es ninguna novedad, una especie de sabiduría total, pero singular y fragmentada. Una totalidad solo posible de construir a partir de los actos individuales que, inevitablemente, se repiten porque los humanos, a la larga, hacemos todos las mismas cosas. Por eso tenemos “no por mucho madrugar, se amanece más temprano” y “al que madruga, Dios lo ayuda”. En el primero, la verdad revelada es que por mucho empeño propio, la realidad se impone; el segundo, la diligencia conduce al éxito.  Otro: en boca cerrada no entran moscas (el silencio como algo bueno) y el que calla otorga (el silencio incriminador). 

Más allá del chascarrillo, lo que me resulta fascinante es que los cuatro dichos guardan un aprendizaje, pero que solo es útil en una situación puntual. Como si cuando una dijera “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” estuviera poniendo un moño, cerrando una experiencia que, sin un texto que la narre, está en mayor o menor medida enseñándonos lo mismo.  

Carolina Sanin, no estaba tan de acuerdo. Dice que,  “Condensada en los refranes, que establecen analogías ligeras e imprecisas y se presentan como conclusiones indiscutibles sobre el comportamiento humano, la sabiduría popular solo sirve para no pensar”. Y sí, es cierto que cuando dejamos que la lengua nos hable, es decir cuando algo nos llama “poderosamente” la atención o cuando hablamos de nuestro “amigo personal”, no solemos pensar en lo que estamos diciendo. Pero también ocurre que, luego de detenerse a pensar, descubrimos que los lugares comunes, son comunes por algo. ¿Y si en lugar de un refugio para no pensar los refranes fueran la oportunidad para procesar una experiencia? 

Valery escribe en Notas sobre poesía “soy preciso con las cosas generalmente vagas y vago en las cosas generalmente precisas”. Para mí, eso mismo hacen los refranes. Nos permiten nombrar con precisión, y por lo tanto, dialogar con nuestra propia historia, pero también con las historias de otros, que no son iguales, porque la experiencia es siempre única, pero que pueden parecerse. Los refranes funcionan como monedas de cambio, que agrupan para luego abrir conversaciones sobre situaciones que se expresan como aprendizajes semejantes. Son la oportunidad de abrir un código común que tenemos con los hablantes de nuestra variedad de la lengua. 

Pero no solo eso. Los refranes muchas veces nos permiten decir lo que no podemos decir. Cuando a alguien que nos cuenta algo que podría ser moralmente reprobable le decimos “entre fantasmas no nos vamos a andar pisando las sábanas”, encontramos la forma de decirle al otro que somos del mismo bando. Sin exponernos, nos paramos en el lugar de compañeros del mismo crimen. 

Por eso, cuando me brotan los refranes, no los reprimo. Porque después del entusiasmo del juego que las palabras ofrecen, se abre la oportunidad de pensar eso que decimos. 

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