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Tiempo en pijama

Slow living #2 | Sobre vivir una vida tranquila en Buenos Aires

De levantarme temprano me gusta la sensación de que el día transcurre muy lentamente. O, mejor, de que soy yo la que puede discurrir lentamente por el día, casi como si el tiempo no se acabara. 

Pero para eso, para llegar a esa sensación, necesito acostarme temprano. 

Con Afri, cuando nos conocimos nos unió cierta manía peleadora y la sensación de que teníamos un pasado común por el hecho de no ser porteñas. Una de las cosas que conversamos es cómo esa personalidad formada en haber aprendido a estar vivas fuera de Capital, se choca con mudarse acá. Afri lo llamaba la falta de tiempo en pijama. 

En su vida marplatense, sobre todo en invierno, la mayoría de los días terminaban a las seis, siete de la tarde. Ahí una se bañaba y se ponía el pijama, cenaba con su familia, leía o miraba una peli, y se dormía. No era necesariamente sobre dormirse temprano, pero sí sobre tener horas-casa. 

Ambas teníamos la sensación de que, cuando nos habíamos mudado a Capital, era casi imposible tener tiempo en pijama a la noche. Estaba la sensación de que todo el tiempo estaban pasando cosas, y que una tenía que hacer todo. 

Buenos Aires se desacelera, y ya no se puede cenar a la una de la madrugada en casi ningún lado, y la gente que tiene ahora veinte no vive esa ciudad que era un gran lugar para no tener mucha plata, pero sí muchas ganas de hacer cosas y que es probable que la ciudad se ponga cada vez más corporate y eso hace que perdamos la cultura de ciudad que no duerme. No sería grave si el problema fueran los planes y no la falta de elección sobre cuándo hacerlos y cuándo no.

Pero como hay algo inercial en las formas de vida, sigue existiendo esa sensación de que siempre hay algo más para hacer, que todos distribuyen sus días más hacia la noche, que cierta fantasía del éxito aparece narrada como estar en diez mil a la vez. 

Todas las semanas arranco diciendo “esta semana va a ser tranquila” y cuando vuelvo a mirar la agenda tengo planes todas las noches o fines de semana con un encadenado de actividades sociales. Por eso, porque Buenos Aires se inmiscuye inevitablemente en mi deseo de tener una vida un poco más tranquila,  entré en la línea de guardar días para ponerse el pijama, cenar y dormir temprano. 

Así como Mairal se inventó una secretaria, con la que podía decir que no a invitaciones que le hacían para ganar tiempo para escribir. Así, yo me agendo los casuki day para asegurarme de que puedo ponerme el pijama y cenar muy muy temprano para levantarme al otro día a ver cómo amanece.

No son inamovibles, porque la realidad se impone, y tampoco es cuestión de andar siendo esclava de deseos del pasado, pero es un mensaje de mi yo del pasado que le dice al del presente “¿Te acordás de que venías medio pasadita?”.

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