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Si te cierra, desconfiá
Sobre el misterio y los poemas
“Lo que no se puede decir…/ debe escribirse” Michel Deguy, Aide-mémoire
Un poema es, como decía San Agustín del tiempo, una de esas cosas que si nadie me pregunta, sé lo que es. Los buenos poemas se reconocen. Y los malos, claro, también. No estoy pensando en las cosas mal hechas que nos conmueven, o en la perfección técnica que nos deja indiferentes. Más allá del gusto personal, cuando uno se para frente a un poema bien hecho se siente como parado frente a una catedral, sea creyente o no, le guste lo que ve o no.
La lengua es como un tenedor: es una herramienta que inventamos los humanos para simplificarnos la vida. Sí, podemos comer con las manos, pero si tenemos algo con que sostener la carne podemos acercarla más al fuego. Podemos, también, comunicarnos sin palabras, pero hablando podemos acercar nuestra experiencia a otros de forma más precisa (sin duda, mucho más que con un cabezazo).
El problema (o la genialidad) de la lengua como invento, es que es tan bueno que muchas veces nos confundimos. Nos olvidamos de que la lengua es un juguete que nos inventamos, que las palabras describen la experiencia, pero que no son la experiencia. Nos olvidamos de que la experiencia completa es intransmisible.
Las historias existen gracias a ese nudo. Una historia bien contada (cuando no se le ven los hilos de la trama y el artificio está bien disimulado) nos hace creer que es la experiencia en sí misma. Las historias son, en última instancia, ese repositorio de las formas posibles de estar vivo. Una guía, más o menos fidedigna, para guiar el espíritu humano, para que podamos intuir el camino cuando no sabemos para dónde ir.
Mucho antes de enamorarnos, leemos una novelita de amor y decimos “esto es lo que puedo esperar cuando pase”. O una lee La luz difícil o Lo que no tiene nombre y se siente preparada para atravesar el duelo de la muerte de un hijo, aunque no tenga hijo vivo o muerto por delante. Lo brutal es que, cuando la experiencia llega a nosotros, tiene puntos en común con la historia, pero es diferente. El sentimiento primero se disfraza de otra cosa, o llega aletargado. Nos sorprende en escenarios nuevos o con grados de torpeza que en el artificio no estaban.
Con el poema, sin embargo, es distinto. El poema no intenta disimular el artificio. El buen poema, incluso, se enorgullece de él, lo evidencia. Cada corte de verso le recuerda al lector que está frente a un espejo de feria. Cada rima, cada aliteración, cada elección singular de una palabra, cada metáfora o imagen extraña, nos recuerda que esto no es la foto de un viaje, sino uno de esos cuadros expresionistas que parecen pintados bajo los efectos de un psicodélico.
Sin embargo, algo extraño ocurre en esa operación: al evidenciar la distancia, el poema puede acercarse más a la experiencia. Rodea el misterio, dibuja su contorno, y precisamente porque no pretende ser la cosa, encuentra formas nuevas de decirla.
Avanzo por este texto a tientas, un poco porque tengo miedo de estar diciendo alguna pavada (que es lo que pasa siempre que una habla de las cosas que le parecen serias, quizás porque sea la única forma de hablar de poesía), otro poco porque si el poema es una forma del misterio, la única forma de hablar de la poesía es rondandola.
Mario Montalbetti (gran poeta lingüista peruano, que ha escrito muchísimo sobre teoría del poema, cosas como La teoría del poema de Juan Román Riquelme), dice que “un poema es un texto en el que se escribe lo que no se puede decir”. ¿Qué es lo que no se puede decir? El nudo, la experiencia, el misterio.
Aunque resulte contraintuitivo (¿cómo va a poder escribirse algo que no puede decirse?), funciona. Donde faltan palabras en la conversación cotidiana y nos damos cuenta de que hay un hueco que no podemos completar, el poema funciona como espejo y esa imagen artificial que nos devuelve acerca el misterio, lo reviste de un contorno. Se achica la distancia entre la experiencia y la lengua.
Es una relación de inminencia, el poema es un Aquiles al que se le escapa siempre la tortuga de la experiencia. Borges dice en este ensayo genial “esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético”. Quizás esa relación esquiva sea entonces el corazón del poema. Quizás ese estar siempre mirándole las espaldas al misterio, a punto de alcanzarlo, pero no, sea la única manera de acercarse a su forma más completa.
Aprovechemos la ocasión para ver todo esto en dos poemas (o para bardear poetas, cosa divertidísima. Tomo dos extranjeras, de los locales que no nos gustan nos reímos en una cena):
De Anne Sexton:
LA VERDAD QUE LOS MUERTOS SABEN (en All my pretty Ones, 1962. Traducción de Juan Maisonnave y Mariano Dagatt para Hablar de Poesía)
Para mi madre, nacida en marzo de 1902, muerta en marzo de 1959
y para mi padre, nacido en febrero de 1900, muerto en junio de 1959
Murió, digo, y del templo ya me alejo
sin procesión a la tumba inclemente,
vayan solos los muertos y el cortejo.
Es junio. Ya me cansa ser valiente.
Conducimos al Cabo. Yo me entierro
donde el cielo y el sol rojo se hieren
y el mar se mece cual portal de hierro
y lo tocamos. Mientras, otros mueren.
Amor, el viento azota sin piedad
trae agua inmaculada que al tocar
nos conmueve. Ya no hay soledad.
Muchos, por esto, llegan a matar.
¿Qué pasa con los muertos? Sin calzado
en sus barcos de piedra yacen, ellos
piedra también, como un mar congelado.
No son santos; nudillos, ojos, cuellos.
THE TRUTH THE DEAD KNOW // For my mother, born March 1902, died March 1959/ and my father, born February 1900, died June 1959 // Gone, I say and walk from church, / refusing the stiff procession to the grave, / letting the dead ride alone in the hearse. / It is June. I am tired of being brave. // We drive to the Cape. I cultivate / myself where the sun gutters from the sky, / where the sea swings in like an iron gate / and we touch. In another country people die. // My darling, the wind falls in like stones / from the whitehearted water and when we touch / we enter touch entirely. No one’s alone. / Men kill for this, or for as much. // And what of the dead? They lie without shoes / in their stone boats. They are more like stone / than the sea would be if it stopped. They refuse / to be blessed, throat, eye and knucklebone.
De Rupi Kaur (en The sun and her flowers, la traducción es de Elvira Sastre)
y si
no hay tiempo suficiente
para darle lo que merece
crees que
si suplico con fuerza al cielo
el alma de mi madre
volvería a mí como mi hija
para que así pueda darle
el bienestar que me dio
toda mi vida.
what if / there isn't enough time / to give her what she deserves / do you think / if i begged the sky hard enough / my mother's soul would / return to me as my daughter / so i can give her / the comfort she gave me / my whole life.
¿Se sienten distintos, no? Ambos son poemas intimistas, traducidos del inglés, rondan a los padres y a la muerte. Pero donde uno intenta traficar verdad, terapia, solución; el otro muestra: muestra el misterio, lo deja delineado, pero sin resolver, nos deja expuestos a la experiencia. Donde uno da una ficción tranquilizadora sobre tramitar la muerte de la madre, el otro nos deja desabrigados a la intemperie del misterio de estar vivos.
Donde Kaur cierra, Sexton abre. El de Sexton es un poema, y el de Kaur un posteo de instagram que detiene el scrolleo un segundo y nos deja seguir después, tranquilitos. Donde Kaur escribe algo que podría decir, Sexton construye un poema sobre lo que debe escribirse.
A partir del 12 de abril y hasta fines de noviembre, junto a Dylan Resnik vamos a dar una nueva edición de Había estado buscando una casa, nuestro taller de poesía. Este año será virtual: nos juntamos los lunes a las 18:30 a leer poemas brillantes, a pensar cómo hacen lo que hacen, y a escribir. Para más información pueden responder este mail o entrar a mi web :)
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