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Sexta hora
Sobre el sueño bifásico
Cada tanto aparece en internet alguien (una nota, un tweet, un hilo en reddit) diciendo “no tenés insomnio, has vuelto a las raíces del sueño humano, la forma en dos turnos en la que dormíamos antes de que rompiéramos nuestros ritmos circadianos con la fábrica o la luz eléctrica”.
Como alguien que, al menos una vez al año, tiene episodios periódicos de insomnio (decirme insomne me da pudor), la lectura liviana o peor, natural, de las interrupciones del sueño me pone de mal humor. Quien haya vivido al menos un episodio prolongado en el que una noche de sueño entera parece una utopía, una cosa que, como diría Messi “es increíble pero no se me da”, sabe que el descanso es un bien preciado, pero esquivo. Fácil de tener si no se lo piensa demasiado, fácil de perder si el azar nos toma de punto.
Lo dice mejor Scott Fitzgerald, cuando cuenta que rastrea sus problemas de sueño a esa noche en la que un mosquito lo rondó e intentó volverlo loco, cerca de sus cuarenta años y que dice que “fue la del comienzo de mi insomnio, pues me hizo conocer la sensación de que el sueño puede ser echado a perder por un infinitesimal elemento imprevisible”.
Pero, como creo que las formas en las que fuimos humanos nos pueden dar algunas pistas para ser humanos en otro siglo, me puse a leer un poco sobre el sueño polifásico. La definición es bastante gratificante para los nerds que insistimos en buscar verdades en la etimología: dormir en muchos ciclos o estados.
Están quienes lo eligen (dicen que Da Vinci dormía 20 minutos cada 4 horas, y que Dalí hacía lo mismo pero más teatrero: es decir, dormía esos 20 minutos sentado en una silla con unas llaves en la mano. Cuando las llaves se caían al piso –es decir, cuando entraba en un sueño profundo– se despertaba por el ruido), están quienes lo sufren (de vuelta Scott Fitzgerald “Hay, si se tiene suerte, el ‘primer dulce sueño de la noche’ y el último sueño profundo del amanecer, pero entre los dos aparece un intervalo siniestro, siempre bastante extenso”) y a quienes la historia recuerda como resignados con el asunto, es decir algunos humanos preindustriales.
La tesis es que en el medioevo, había un porcentaje grande (las notas sobre el tema suelen insistir en que era la humanidad entera la que dormía así, y no llegué a leer At day’s close, el libro en el que Roger Ekirch arranca con todo esto, como para evaluar si el sesgo de supervivencia es de él o de los portales de noticias) de personas que hacían el sueño nocturno en dos tramos: un primer sueño desde que se ponía el sol hasta la medianoche y un segundo sueño desde las tres o cuatro de la mañana hasta el amanecer. Hay fuentes que hablan de ese primer y segundo sueño con una naturalidad que implicaría que no eran ideas de insomnes escritores. En esas horas de vigilia, la gente hacía las cosas que se pueden hacer a las dos de la mañana a oscuras o con la luz que puede dar una vela o las estrellas: rezar, interpretar sueños, coger, visitar vecinos, visitar vecinos para coger, escribir, pensar en el día o cometer algún delito menor.
Cuando leí esto, y porque soy etimologista cuando me conviene, pensé: “¡ah! ¡hacían la famosa siesta de la noche!”, ese sueño de antes de ir a un boliche, por ejemplo. Es que, aunque siesta viene de sexta, en latín (los romanos contaban las horas desde el amanecer, y la sexta era el mediodía solar: el momento de hacer una pausa en el día para recuperar fuerzas), quienes sabemos que dormir es un bien preciado y escurridizo conocemos las infinitas situaciones para una siesta.
La literatura del sueño reconoce tres tipos: las siestas de reemplazo (los insomnes las conocen bien, son esas que tomamos porque la noche anterior no conocimos descanso), las siestas profilácticas (la que dormimos porque sabemos que más tarde no vamos a poder hacerlo, quizás porque intuimos otros usos de la profilaxis) y las siestas apetitivas que son, claro, las siestas por gusto, por el placer de estar en la cama, de dormir y dormir, de despertarse desafectado del mundo, sin saber de horarios ni obligaciones.
Esas siestas a su vez podrían ordenarse por horarios del día. La de antes de almorzar (que se llama la siesta del carnero), la de después de la comida, la peligrosa (la que se duerme a última hora del día), la de antes de salir. O por lugar: la siesta en la cama (“con pijama, padrenuestro y orinal”, diría Cela), la del sillón (de imprevisto, probablemente mientras hacemos otra cosa), la que se duerme en una silla en una sala de espera o en el transporte público. Las siestas en casas ajenas, las siestas al sol en la playa o en el pasto, las siestas en la baldosa fría del piso, abombados por el calor del verano porteño.

Al sueño bifásico lo llaman también sueño bifurcado. Me parece un nombre más preciso, porque insinúa un camino del que te alejaste, una realidad paralela en la que sí dormís siete, ocho horas de corrido. Donde el sueño cortado es miserable (que algo sea natural no significa necesariamente que sea bueno), la siesta es su contracara generosa.
Soy un poco insomne, sí. Por eso, cuando el día lo permite, me deslizo en la siesta como quien recibe un regalo sorpresa. Media hora un día de semana, tres horas sin alarma un domingo, el único espacio donde tengo con dormir una relación mansa: dormir por dormir, porque se puede, porque esta vez el sueño vino solo.
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