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Se resuelve caminando

Sobre las caminatas higiénicas y las desatanudos

Empecé a escribir este newsletter caminando. Tenía que ir a un evento y google maps decía que eran treinta minutos a pie, veinte en colectivo. Fiel a la regla que me impuse cuando me mudé a Capital, como la diferencia era de menos de quince minutos, fui y volví caminando. 

Ese newsletter, que se desenrollaba con el recorrido, era bárbaro. Hablaba sobre caminar, un tema que hemos conversado lateralmente en varias entregas, pero que me parecía que merecía su propio martes. Iba y venía por todas las aristas posibles que tiene la caminata como tema, dejaba asteriscos mentales sobre citas que buscar después para traer con precisión. 

El problema fue que, cuando llegué, hubiera sido de muy mala educación sentarse a escribir. Y de mi newsletter caminado quedó esto que escribo ahora, el hilo torpemente desenredado del recuerdo de una idea que parecía tener un acabado perfecto. 

(Primera digresión de la jornada: ¿no es siempre eso escribir? ¿el ejercicio de recuperar una idea que parece genial, pero que tenemos que inevitablemente enfrentar con la materia de nuestra propia torpeza?) 

Caminar me parece una actividad genial. En primer lugar porque es el desplazamiento humano por excelencia. Cuando camino, entiendo las dimensiones del mundo de una forma que me parece imposible en cualquier otro medio de transporte. Es, además, el desplazamiento que eligen los que gustan de la maravilla. La caminata, más aún si es por territorio desconocido o conocido parcialmente, permite mirar con más atención, como si ese fuera el tiempo que los sentidos necesitan para participar de su alrededor.  

Ese tiempo (que es también el tiempo de las ideas) y esa disponibilidad del movimiento propio permiten que una, por ejemplo, entre en un local que nunca había visto, en una galería solo por el placer de saber qué ocurre en el barrio. 

Creo que hay dos tipos de caminatas: las higiénicas y las desatanudos. Las primeras son las que se hacen cuando necesitamos pasar la página de la mente. Suelen darse después de una jornada de trabajo o muy temprano a la mañana, como para despegarse las telarañas del sueño. Su única función es hacer un desplazamiento físico para que el cerebro se entere que hay que cambiar de estado. 

Una no hace muchos rulos mentales cuando hace una caminata higiénica, quizás al principio no más, porque el cerebro es un potrillo porfiado que tarda en aplacarse. Pero uno o dos kilómetros después, la mente descubre que está caminando y se deja llevar por ese ritmo, piensa solamente en lo que el camino ofrece: un bazar de artículos de repostería, el olor de los jazmines, una conversación escuchada a medias. Ese estado de presente al que se llega haciendo varios kilómetros a un paso vivo limpia la mente, barre el ruido con estímulos suaves.  

El segundo tipo de caminata, las desatanudos, tienen la función contraria. Una sale al camino con algo en mente: un verso que no funciona, un conflicto amoroso que no decanta, una decisión laboral que la ansiedad no permite tomar. Se sale, entonces, con eso en mente, y con la confianza de que el pensamiento anda entre 11 y 13 m/km, y que no hay problema que no se resuelva caminando. En este tipo de caminatas no es tan importante el escenario, porque es probable que apenas nos enteremos de que hay algo alrededor. Las caminatas desatanudos desenredan los hilos del pensamiento de una forma que, quieto es imposible alcanzar. Una llega, después, con la cabeza emprolijada, con el verso logrado, con la decisión tomada. 

Solo hace falta tener al llegar a destino algunos minutos a solas para tomar nota del aprendizaje.

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