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Romper en caso de emergencia
Sobre salir de la mala racha
Vengo de una mala racha. Lectora, claro. Hacía mucho que no me pasaba, suelo tener el olfato desarrollado para elegir, dentro de la oferta del presente, libros que tengan un piso cierto de entusiasmo. Pero esa habilidad requiere una sintonía fina con todos los indicios que pueden ofrecer los paratextos del libro, como con el estado de ánimo propio.
Elegir el próximo libro se parece bastante a enamorarse. Se necesitan dos –personas, libros– con universos comunes, pero se necesita también (y casi en igualdad de condiciones) un tiempo afín para que esos dos brillen. Por suerte, los libros, a diferencia de las personas, esperan. Una puede insistir cinco, diez veces con un libro y abandonarlo porque nada pasa, hasta que un día, quizás porque venimos de una mala racha, quizás porque quedó fuera de la biblioteca y lo abrimos sin demasiado compromiso, algo pasa y nos enamoramos.
Ocurre en el amor, también. Una seguidilla de citas entre malas y anodinas. Uno piensa en volverse un monje, llamar a un ex amante, tomarse un tiempo, probar con perfiles distintos, empezar un curso de algo.
En mi caso, se dio como suele sucederme. Después de un libro genial, La constelación del perro, que me hizo llorar, pensar en el fin del mundo, en el amor, en las formas misteriosas que tiene siempre la relación con otros humanos, en la experiencia excepcional y azarosa que es estar vivo, quedé huérfana. Todo después tenía gusto a poco. Leí una novela sobre dobles que arrancaba bien, pero rápidamente se ponía un poco adolescente en su preocupación por decir que la sociedad es una trampa, otra con un tema divertido (la pasión de Cristo, tema fascinante si los hay) pero escrita con tan poca gracia que hacía que me enojara cada tres páginas y una autoficción escrita en primera persona y en presente (no necesito decir sobre esto más que muchachos, el pasado es el tiempo del relato por algo y si tu novela parece una serie de anotaciones sobre tu día, quizás al menos tendrías que tomarte el trabajo de vivir una vida interesante).
Me toca ahora poner en funcionamiento la estructura que permite volver a afinar el olfato.
Podría releer algún libro que me haya fascinado y del que solo recuerde alguna imagen. Como llamar a un ex cuando solo quedan los buenos recuerdos. El riesgo sería esperar demasiado y descubrir a la mitad por qué habíamos dejado de vernos.
La otra opción, mi favorita, son los escritores amantes. Esos a los que uno vuelve a buscar algo preciso que, generosos y sin pedir mucho, nos ofrecen. Empezar el nuevo de Carrère, por ejemplo, o ir al botiquín que dice “romper en caso de necesidad” y leer los que dejé sin leer a propósito de Ishiguro, de Fogwill, de O’Farrell. La caja de libros guardados para una ocasión particular es una salvación, pero es también un gesto resignado: guardamos algunos libros porque sabemos que habrá un momento en el que vamos a necesitarlos, y el autor tuvo la mala puntería de morirse y dejar de escribirlos.
También podría cambiar de género. Pasarme unas semanas leyendo solo poesía, o encarar algún ensayo. Incluso salir a la búsqueda de la maravilla en alguna librería de usados. Lo que haga falta para salir del Tinder de la mesa de novedades. Si las anteriores lo que hacían era desandar el camino, esta estrategia propone tomar uno perpendicular.
Si todo falla, siempre se puede dejar de leer un tiempo. Un celibato lector, un semestre con los cartujos. Esta es mi opción menos favorita. Un poco, porque se siente como aceptar una derrota y yo soy bastante cabezona, otro poco porque un tiempo sin lecturas es un tiempo más aburrido.
Por lo pronto, me llevo a la cama Koljós, de Carrère, La vida silenciosa, de Thomas Merton (un ensayo sobre la vida monástica de Merton que, además de monje, era un poeta místico espectacular) y En la Tierra somos fugazmente grandiosos, de Ocean Vuong, préstamo de Santi Miamigo. Algo nuevo, algo viejo, algo azul, algo prestado para encontrar el próximo flechazo lector.

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