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Por favor, que no salga el sol a las tres de la tarde
Sobre las ceremonias de interior
Mientras escribo este newsletter, llueve. Probablemente cuando lo leas, si vivís en Capital o cerca, llueva también. Esta lluvia es un remanso después de varios días de calor humillante. Antes de empezar a escribir, abrí las ventanas (al menos, las que no coinciden con la dirección de la lluvia), para que entre la fresca, sí, pero sobre todo el olor suave, como musgoso, de la primera lluvia después de un calor que no arrecia ni siquiera a la noche.
Soy espiritualmente una planta. Las lluvias me gustan así: después de varios días de mucho calor y cortas, un día, idealmente. Más tiempo y empiezo a extrañar ver el sol. Pero hay actividades que una solo puede hacer mientras llueve. Algo así como lo que Cortázar llama “ceremonias de interior”
(Primera digresión: de chica tenía un cassette de Cortazar leyendo algunos textos. Después, más grande, me empezó a parecer un poco pavo –Rayuela directamente me enfurece– pero hay algunas estructuras que me quedaron grabadas como el teorema de Pitágoras).
La primera, la más obvia, quizás la más placentera: cancelar planes. Dar de baja actividades sociales, responsabilidades menores, la logística hogareña que requiere ir hasta la verdulería o al chino. A veces es imposible: si el trabajo es presencial o hay una reunión importante, si la actividad social entusiasma más que la perspectiva de una tardecita de fiaca. Pero, si se alinean y una puede decir que no, aparece el gusto de achicar por un rato el mundo. Construir una especie de confinamiento autoimpuesto en el que habrá que resolver las necesidades básicas con lo que encontremos a mano.
Ese ascetismo exterior puede tomar formas diversas. Una puede ordenar las bibliotecas o leer libros que se beneficien de la oscuridad que traen las tormentas. Puede escribir canciones que después suenen en la radio cada vez que llueva (no voy a poner ningún link, piensen en su favorita). Se puede cocinar algo como una excusa para prender el horno. Incluso, se puede deformar el trabajo hasta hacerlo parecer otra cosa. Es decir, podemos hacer lo mismo de siempre, pero con el mundo alrededor extrañado porque tuvimos que prender un velador o porque la lluvia nos hizo poner música que habitualmente no escuchamos, pero que teníamos abierta en una pestaña hace un siglo, porque leíamos a alguien hablar de eso hace un tiempo.
Lo importante con los días de lluvia de este tipo es evitar las historias de tormentas. Con el agua que cae de nuestro lado de la realidad tenemos suficiente. Nada de la angustia de la lluvia psicológica de Rituales Privados; ni de la tormenta tropical que arrasa con el pueblito del sudeste asiático, hecha pura y exclusivamente para liquidar al único hombre que amó al protagonista de Poderes Terrenales. Saltear los capítulos “Lluvia” o “Huracán”, de El libro de las aguas, de ese diario agrupado por los chapuzones que se dio en la vida ese ruso loco y divertidísimo que es Limonov. O mejor dejarlo para otro día, evitarlo entero, porque lo que una está buscando, en última instancia, es no sentirse empapada.
Una puede entregarse a estar en casa, con la certeza de que en uno o dos días el sol va a volver, y con la esperanza de que no vuelva muy pronto. Que la tormenta no termine al mediodía, que no aparezcan unos rayos de sol a las tres de la tarde, que levanten la humedad del suelo y arruinen la disposición que una había imaginado para ese día.
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