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Otro fin del mundo es posible
Sobre ficciones posapocalípticas
¿Cuál es su fin del mundo favorito? ¿Con cuál fantasean? ¿Cuál se les cuela en las pesadillas?
Yo, cuando estoy estresada, sueño con zombies.
Probablemente influenciada por la lectura de Guerra mundial Z (una novela coral, y sorprendentemente preciosa, sobre el final de la humanidad y la reconstrucción del mundo), cada vez que estoy saturada en la vida consciente, duermo y me persiguen zombies lentos pero implacables, me descubro encerrada en la terraza de una casa a la que no sé cómo llegué y desde la que veo que circulan muertos vivos, pienso dormida “bueno, ¿yo sabré usar una pistola?”.
Los zombies no son mi monstruo favorito. No tienen la neurosis de los fantasmas, ni la ansiedad sexual de los vampiros. No son animales como los hombres lobo, ni nuestra creación dominandonos. Y, encima, cargan con esa lectura edgy de crítica social.
Es probable que haya algo de cierto en la idea del zombie como el consumidor alienado en el capitalismo o en la horda de ex-humanos como el colapso moral y social de Occidente. Los monstruos trafican algo de las ansiedades de su época, y hay cierta sensación común de fin-de-siecle últimamente. Pero a mí me importan menos las causas que sus consecuencias, y me parece siempre mejor imaginar el futuro.

Es por eso que me gustan las historias posapocalípticas. A veces el mundo se termina y ya, como en Kalki, de Gore Vidal (1978), en el que las aventuras de un gurú espiritual mesiánico dejan como únicos sobrevivientes de algo parecido a la humanidad a una aviadora cínica y estéril, y a dos monos.
Pero otras veces, por suerte, la literatura nos recuerda que otro fin del mundo es posible. Y tenemos historias que narran el antes y el después del final como La tierra permanece (George R. Stewart, 1949) , en la que la reconstrucción implica perder los aprendizajes de la humanidad porque dejan de entender para qué sirven los libros. El narrador cuenta con desazón la sensación de pérdida del conocimiento acumulado (lo que podríamos llamar civilización), pero también parece resignado, como si esos saberes fueran valiosos pero no indispensables.
Pero la crisis también puede ser algo que ya pasó hace un tiempo, y lo que hay para contar no es la crisis sino las nuevas formas de vida. Esa crisis puede ser algo mítico y cruel, como en Plop (Rafael Pinedo, 2002), donde casi no quedan indicios de una civilización parecida a la nuestra. No se trata necesariamente de un retroceso, sino que ha pasado tanto tiempo que las normas y los tabúes cambiaron: el sexo y los cuerpos desnudos son cosa de todos los días, pero toda exhibición del interior de la boca es castigada con violencia. Por eso no sonríen y por eso comen solos, por miedo a mostrar los dientes. O puede ser naïf y un poco siniestra como si el pasado pudiera desestimarse, como en En azúcar de sandía (Richard Brautigan, 1968), una especie de utopía de vida en comunas en la que no existe el dinero y todo se construye con madera y azúcar de sandía (probablemente esta sea la que mejor puede leerse como una novela en clave de su presente: como la fantasía hippie terminó mal, muy mal).
O puede ser como en Tristeza (Federico Reggiani y Ángel Mosquito, 2014), en la que el fin del mundo ocurrió en vida de los protagonistas y, aunque ya haya pasado un tiempo, ellos recuerdan la enfermedad que se transmitía por la carne de vaca, que enfermaba a las personas con una especie de bajón anímico, seguido por un día de cólera en la que mordían y contagiaban, para después morirse. Cuando el fin del mundo está cerca, tan cerca que podemos tener recuerdos, en el presente se mezcla la intensión de reconstruir algo parecido a una normalidad (comunidades que se organizan como familias argentinas, alrededor de una matriarca; escuela para los más chicos, oficios para los más grandes) y la melancolía que provoca saber que hubo un tiempo, un tiempo que conocimos, en el que había supermercados y teníamos trabajos lejos de las tareas manuales.
En cualquiera de esos escenarios aparece el ejercicio de pensar qué forma tomaría la civilización. Me interesa, sí, lo que hacemos cuando llegamos a algún tipo de límite, cuando la situación exige abandonar todas las reglas morales para sobrevivir. Pero me interesa todavía más entender qué rescataríamos si pudieramos arrancar de cero.
La fantasía del reset me parece una forma sencilla de llegar a lo que, a cada uno de nosotros, nos parece la síntesis de lo humano. Hay algo resignado en todos estos libros. Como si sus protagonistas, o sus autores, supieran que no vale la pena llorar sobre la leche derramada. Alejados de lo abrumador que pueda parecer el presente, aparece la posibilidad de imaginar otra forma de hacer las cosas. Finalmente, incluso un fin del mundo es una forma de futuro.
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