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Museo del plástico inyectado

Sobre los bazares chinos

Me pasan cosas con los bazares chinos. Me deslumbran, me relajan. Me hace sentir a salvo la pared de colores. Cuando estoy con el espíritu atravesado, entrar a un bazar chino sosiega mi ánimo. El cerebro se abandona entre las infinitas formas del plástico inyectado, los problemas se diluyen mientras pienso “ay, qué preciosas flores de plástico”, “por favor, qué espanto” o “a quién se le ocurrió la idea genial de hacer destapadores con forma de delfín”. 

No entro con ánimo de compra, y son las más las veces que le muestro la mochila a una mujer o un adolescente cuyo trabajo es estar todo el día en una torre de control. Visito los bazares chinos como voy a un museo: por el gusto de mirar, por la posibilidad de que se generen relaciones nuevas entre objetos hechos en momentos distintos. 

Lo mismo me pasa con Once, ese reino de la bolsita de celofán. Si tengo que ir a comprar algo, la paso mal. Si voy de acompañante y puedo ir mirando, soy feliz. Durante un rato, no me molesta el amontonamiento y me divierte cierto espíritu de misión que tienen, indefectiblemente, las visitas al Once. Vamos en la búsqueda de algo que el capitán o capitana de esa empresa requiere, pero en el camino aparecen cosas que nos sorprenden. 

Marcelo Cohen, en Consolación por la baratija (no lo encontré completo en ningún agujero de internet para linkearlo, pero si quieren leerlo me lo piden que lo tengo digitalizado) describe Once:

“Párense en la esquina de Uriburu y Lavalle mirando al sudeste y miren los letreros: «Gatuvia, accesorios para la noche»; «Remeras Nick Tramsay»; «Tobías Michels, el rey del plástico»; «Carteras Mireia Peyton»; «Peceras Chuan Leng»; «Panchos» «Explorer»; «Artículos de cotillón “Tu festichola”»; «Lo de Sara»; «Danzas Agarrame»; «Escribanía Chalukián». En cuanto uno se habitúa al mareo, descubre método en el delirio aparente. Ahí están, uno al lado de otro y a lo largo de tres cuadras, esos locales desnudos, guarnecidos de rollos de polar en pie, encapuchados de plástico como flagelantes de un culto a la confección canalla. Pero en una transversal lo que se alinea son vidrieras con herramientas, o con animalitos de tela, madera, plástico y peluche, o bolsos o relojes. El Once es una combinación de cantidades exorbitantes con una especificidad minuciosa hasta lo insondable. En el Once se puede comprar: 17 metros de perlón antipiling imitación leopardo, sarga, shantung, muselina o lamé nacarado de 1,80 m de ancho; cincuenta y siete modelos de gorros, cada uno posible con los colores de la bandera argentina, brasileña, finlandesa, etcétera; manteles individuales con forma de vaquita, uva, banana o niña pequinesa; sacapuntas extrasuave para lápiz de ojos;[…]”

Es que en Once una tiene la sensación de que podría encontrar todo.  Como en un bazar chino. El emporio de la imitación empeorada, dice Cohen, es donde compramos los que no sabemos comprar por internet. No por falta de destreza digital, sino porque nunca sabemos qué es lo que queremos hasta que lo vemos. Los que no conocemos nuestro deseo, pero podemos reconocerlo. 

Qué alivio saber que existen los bazares chinos, siempre a no más de cinco cuadras, no importa el barrio, con sus paredes de colores brillantes, bolsitas de celofán o pastas misteriosas para curar la invasión de cucarachas en tu casa, un resfrío, el dolor de ciática y el malestar estomacal. Cómo no sentirse agradecida cada vez que, luego de pasear entre utensilios de cocina, artículos de papelería y adaptadores de calidad dudosa, una empieza a sentir qué el mundo está hecho de infinitas piezas minúsculas, qué el mundo es enorme y está tan lleno, que los problemas, en comparación, casi no ocupan espacio. Cómo no fantasear con la idea de empezar una nueva vida dentro de ese local que hasta tiene la decoración ideal para mi próximo cumpleaños. 

La oportunidad de que el fin del mundo llegue, y nos encuentre rodeados de muñequitos mal pintados y fundas para lavarropas: las herramientas necesarias para la supervivencia. 

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