• Total
  • Posts
  • Manual para enamorarse

Manual para enamorarse

Cartas amorosas, de Florangel

En mi casa circula una política de biblioteca abierta: pasa gente, quiere leer un libro y se lo lleva. En general vuelven y, si no, qué se le va a hacer. Si se lo quedaron, lo necesitarían más que yo. Mi biblioteca también está hecha de pedazos de otras bibliotecas. 

Esta me parece la única política correcta respecto del uso y préstamo de libros. La gente que es muy amarreta con sus libros pareciera tener una relación personalísima con cada uno que me hace desconfiar. Aunque una genera una infinita variedad de vínculos con sus lecturas, son pocos los libros físicos con los que construimos una relación emocional. No puede ser toda tu biblioteca un catálogo de incunables. Pero para los que sí, existe la biblioteca privada. Los cinco, diez, veinte libros que no salen de casa. 

Las formas de ese apego son diversas, aunque siempre responden a lo mismo: el objeto —reproducido en masa— se singulariza por el paso del tiempo. Por ejemplo:

  1. Por las marcas que hicimos sobre el libro. ¡Cómo voy a prestar mi María Marta (Para escribir bien en español, María Marta García Negroni)!,  que tiene todos los papelitos que le puse cuando estudiaba y que ahora me permiten encontrar a la velocidad de la luz si un gerundio está bien usado. 

  2. Por la relación que construimos con ese ejemplar, por haberlo releído mucho desde esa edición. En general pasa con los libros que leímos de chicos (para mi papá, es su ejemplar de La guerra de las salamandras, de Karel Čapek. En este caso la regla es tan fuerte que, cuando quise releerlo ya mudada de la casa de mis padres, me regaló un ejemplar para que tuviera el mío y no anduviera pidiéndoselo prestado). 

  3. Por la singularidad del libro en sí mismo, por las singulares circunstancias que nos llevaron al libro, o por la rareza del libro en sí. Reponerlo sería imposible por lo costoso, por lo irrelevante para el resto del mundo (y por lo tanto, sin precio, fuera de mercado), por lo azaroso de su circulación. 

De un libro así hoy escribo. 

Hace más de quince años forma parte de mi biblioteca privada un librito destartalado que a priori no parecería tener demasiado valor. 

Cartas amorosas, de Florangel fue publicado dentro de la Biblioteca de la Mujer Moderna, de Editorial Sopena y la mía es una quinta edición, de 1962. Fue publicado también con el título Cartas de amor y es eso: un catálogo de modelos de cartas de amor. 

Hay “declaraciones de un joven de posición modesta a una muchacha rica” o “carta de una joven diciendo que no puede casarse aún, porque debe mantener a su familia” o “carta de rechazo, por temor a no poder adaptarse a la vida en la ciudad”. Está la “declaración a una joven conocida en una fiesta” y sus “respuesta afirmativa”, “respuesta negativa por no creer que puedan llegar a entenderse”, “respuesta negativa por tener ya novio”, “respuesta de ella mostrando vacilaciones por creer que en la decisión de él ha influido el ambiente de la fiesta” e incluso la respuesta de él a la vacilación de ella “en la que, ante las dudas de ella, él le pide que permita tratarla para probarle su sinceridad”. 

Todo un catálogo precioso y preciso de categorías del amor. El libro está ordenado en cuatro partes: declaraciones amorosas (146 páginas), cartas de novios (52 páginas), cartas de ruptura (20 páginas) y cartas de invitación y cita (7 páginas). 

Quitando la última parte (son apenas formalidades sobre cómo coordinar una cita), hay algo fascinante en la cantidad de configuraciones diferentes que encuentra Florangel para cada caso. La cantidad de cartas en cada subgrupo habla, en primer lugar,  de cuáles son los temas importantes para la lectora de la época. Podemos imaginar que había una preocupación mayor por la declaración que por la ruptura. ¿Podemos culparlas? Hace unos años, con unos amigos hicimos un podcast de desamor: 40cartas. Intentábamos respondernos de qué estaba hecho el desamor, pero lo que descubrimos es que toda declaración de ruptura es, en realidad, una forma de contar que quisimos.  

Pero hay algo más interesante. Si creemos que el autor realmente se abocó a la babélica tarea de configurar todos los escenarios posibles en una relación sentimental, podríamos llegar a la conclusión de que hay más matices en el amor, más precisamente en los escenarios que llevan al amor, que en la ruptura. Podríamos incluso decir que una ruptura es siempre, con más o menos florituras, un “ya no”. Ya no quiero, ya no me gustás, ya no voy para este lado, ya no te amo, ya no te veré morir. 

Podríamos decirlo y sería correcto. Pero hay una última cosa que convierte Cartas amorosas en un objeto fascinante y perturbador, que justifica el intento de Florangel por triplicar los escenarios del amor por sobre los de ruptura, gestión de tiempo o manejo de los celos, y es la sensación que tenemos cada vez de que el amor es único. Como si fuera un sentimiento nuevo, distinto a la última vez que nos enamoramos, distinto a los enamoramientos de otras personas. Como si en el gesto de irrupción que genera el amor en la vida cotidiana se actualizara cada vez y nos dejara sin aprendizaje previo posible. 

Y sin embargo, viene Florangel a decirnos que no, que las configuraciones existentes, los escenarios en los que la gente se enamora, no son más de cuarenta con sus posibles ramificaciones de respuesta. 

Aterrador.

¿Cómo no guardar, entonces, este libro bajo llave?

Reply

or to participate.