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Libros para abrigarse

Sobre leer con frío

Llegó el primer día de frío. Los pulóveres, apurados, salen de su reposo en los estantes más altos del placard. El sol necesita de varias horas para llegar al punto en el que da abrigo. Salir de la cama se vuelve una tarea titánica en la que una, ensoñada, piensa si no será un error, si los humanos no tendremos que hibernar o, mejor, que quizás una ya no es humana en absoluto, es un oso gris que necesita sus buenos seis meses de sueño. 

Me gusta más el calor, sí, pero el frío tiene lo suyo. El contraste entre un mundo congelado y las casas abrigadas, prender las estufas y amasarse las manos, el calor del cuerpo y el frío en la piel de una caminata rápida. Es que lo que más me gusta es el cambio. Vivir en una ciudad con estaciones marcadas que nos recuerdan el paso del tiempo, que no nos dejan aburrirnos. La oportunidad de ensayar nuevas rutinas asociadas a ese nuevo escenario que el clima nos regala. 

La casa se vuelve un centro, un lugar al que volver o del que no salir, y en esa especie de reclusión autoimpuesta aparecen otras formas de ocupar el tiempo. Se buscan excusas para prender el horno o para quedarse un rato más abajo de una manta. Y entre esas, aparece casi inevitable la lectura. 

Un lector tomado por el frío puede elegir durante esta temporada dos caminos. Uno es leer novelas heladas. Encarar a los rusos, leer novelas que ocurran en Alaska, buscar la nieve, cambiarse el nombre por Vladimir o Natasha, atravesar la estepa o perderse en un bosque de coníferas y hacer pausas solo para agradecer que, si bien los humanos tienen la capacidad de adaptarse a lo que sea, es una bendición que la ciudad que nos tocó en suerte sea más amable con la vida. Después de pasarse una temporada en un hotel que cierra porque en invierno la nieve cierra las rutas, el otoño porteño, con sus 0-15 grados húmedos, no es tan grave.

Pero aparece otro camino posible: escapar hacia el calor. Dejar que la ficción nos enloquezca y nos haga transpirar por un tiempo que no es el nuestro. Hay un problema: en la literatura el calor suele ser agobiante. Tanto calor que le pego un tiro a un árabe o me hablan los muertos de mi pueblo. Los personajes andan pegoteados, no pueden pensar del calor que hace. Suele anunciar un destino trágico (pienso en la noche calurosa –quizás en más de un sentido– de la campiña inglesa con la que empieza Expiación, de Ian McEwan), como si lo único que pudiera traer el calor fuera un descenso a los infiernos. 

En Pantalones azules, de Sara Gallardo, el agobio del verano (diría Viel Temperley “El verano porteño que nos había humillado”) lleva a Alejandro, un cheto antisemita, a engañar a su novia bien con una judía apóstata que se lava con un fuentón en la piecita que tiene en la terraza del edificio en el que viven sus tíos. La novela tiene momentos de alivio, asociados al río en Vicente López que todavía era un balneario, pero es un calor incómodo. Un calor tremendo en la ciudad, en el tren, en la casa de campo, en la habitación de la amante. Como si el calor empujara a la tensión sexual, como si justificara lo que para el protagonista es inadmisible. Como si el calor atontara la conciencia lo suficiente como para no detenerse.   

Ciento cincuenta páginas, algunas horas de lectura, y una vuelve al tiempo de la vida corriente un poco transpirada y agradecida de que acá haga frío. No es una mala estrategia.

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