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La fábrica de fósforos que publicaba libros

Sobre las colecciones

¿Cómo empieza una colección? 

A veces uno se convierte porque recibe de regalo la colección de alguien –en general viejo, en general familiar– que descubre que su tiempo en la tierra es finito, pero su colección es infinita y necesitará de otro buscador de tesoros para completarla. Este, imagino, es el mejor escenario porque el coleccionista viejo puede enseñarnos el arte: quiénes son sus dealers, cómo identificar la mercadería buena de la mal cortada, cuánto pagar por cada cosa. 

A veces la colección no es un legado, sino una herencia. Quizás sea el peor escenario posible. Abandonadas, las pilas de objetos sin un relato que las encauce y las valorice, probablemente se sientan como una carga pesada, demasiado laboriosa de sostener, idílicamente valiosa como para tirar. Lo más probable es que en este caso la entreguemos en consignación en una casa de venta de artículos usados, y que ese gesto sea el que defina que nunca seremos un coleccionista.

Luego una puede crearse a sí misma. Si encuentra un tipo de objeto con una cantidad de variaciones suficiente (variaciones intrínsecas al objeto o generadas por el tiempo) y que la obsesione. Porque, para empezar una colección hay que saber que se trata de un conjunto que como un todo tiene más valor que cada una de sus partes por separado. Y que ese valor no se produce por la materialidad de la colección, sino por el posible relato que pueda hacerse sobre ella. 

En mi caso, claro, colecciono libros. 

Aprendí a revisar librerías de usados con mi papá. La consciencia de que hay que mirar todo, pero que hay zonas de la librería que hay que revisar con más atención que otras, el tono de voz con el que hay que hablar, la falta de expresión a la hora de consultar un precio. Y también las singularidades de la estirpe a la que pertenezco: no regateamos precios (salvo que las normas de buena conducta del lugar lo requieran) ni compramos libros antiguos (acá podríamos hacer una distinción más precisa, pero a decir verdad lo que distingue es el precio. Bien podría decir “no compramos libros caros”).

Mi colección empezó con un libro que estaba en la biblioteca familiar. La edición que había en mi casa de Otra vuelta de tuerca era la de Los libros del Mirasol. Un ejemplar chiquito, de tapa dura, con mucho amarillo y la traducción genial de Pepe Bianco (¿Sabían ustedes que es a Bianco a quien le debemos el título que se volvió canon? Algunas ediciones españolas viejísimas lo traducen como La vuelta de tuerca). La novela me encantó, pero quedé sobre todo fascinada por ese objeto. Era una edición popular, casi infantil, con una tapa absolutamente moderna y un nombre en la página de legales a investigar: Cotta. 

Juan Ángel Cotta, mucho más tarde me enteraría de que ese era su nombre completo,  era el responsable de esas tapas que andaban entre el expresionismo y los posters de jazz de Saul Bass. Así que en las visitas a librerías de usados, cuando me encontraba uno del Mirasol, revisaba si era un Cotta y me lo llevaba. 

Los libros del Mirasol no son una editorial, sino una colección de Compañía General Fabril Editora, una fábrica de fósforos que compró una imprenta para producir sus propias cajitas y, para optimizar la inversión, compraron también la editorial Jacobo Muchnik con sus siete títulos de catálogo incluidos. 

En Fabril, Muchnik (un personaje fascinante, que publicó en 1977 una edición no comercial de sus memorias que me muero por leer. Si es el tío de alguno, porfa me lo prestan) creó varias colecciones: “Serie mayor”, “Anaquel”, “Los poetas” (que dirigía Aldo Pellegrini, y en la que trabajaba Olga Orosco), “Experiencia”, “Vida Racional”, “Fantaciencia” y “El club del misterio”, entre otras. Cotta fue el tapista de las dos últimas. 

Fabril publicaba una cantidad que ahora nos parece demencial: siete novedades por semana (una editorial mediana argentina en 2025 publica una o dos novedades por mes). 

En 1960, dos años después de que Fabril empezara a publicar libros además de cajitas de fósforos, Muchnik inició una colección nueva: Los libros del Mirasol. Una colección popular, en formato de bolsillo (pero de inexplicable tapa dura), con una clara orientación a la literatura, donde publicó también ensayos, teología, diarios de escritores e incluso un libro que ahora pensaríamos como una trampa para turistas sobre el mate. Publicaban un libro por semana, todos con tapa de Cotta, por supuesto. 

Cotta era un dibujante joven. Había participado junto a Breccia de una exposición de promesas locales que tuvo la mala suerte de inaugurar un día antes de La revolución libertadora. Había dado clases de inglés para pagarse las clases de dibujo, y fue así que tradujo varios libros para Fabril (y uno para Mirasol, Shane, el desconocido).  

En 1962, Los libros del mirasol era una colección instalada con un relativo éxito que se preparaban para publicar los dos libros de El Martín Fierro. En Argentina, en agosto de ese año, hubo un levantamiento militar que bloqueó varios accesos el mismo día en el que hubo un incendio en la usina eléctrica de Dock Sud, lo que hizo que medio AMBA estuviese cortado y sin luz. Cotta manejaba a Quilmes para visitar a su familia, tuvo que tomar un camino desconocido, chocó contra una garita que no había visto y murió a los 42 años. El último libro de la colección, El gaucho Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro, se publicó sin terminar. En la página de legales se lee: “Tapa armada con dibujos de Juan Angel Cotta en homenaje a su memoria”. 

La colección sigue después de ese año, pero ya no me interesa. Muchnik renuncia a Fabril en abril del ‘62 para exiliarse en españal y trabajar en Seix, las tapas que siguen no son de Cotta. 

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