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La conquista de lo maravilloso

Sobre las librerías de usados

“La conquista de lo maravilloso se convierte en definitiva en la conquista de la realidad” Aldo Pellegrini

Me gustan mucho las librerías. Me gusta que Buenos Aires tenga la cantidad necesaria de librerías como para que siempre haya una cerca cuando tengo que hacer tiempo en la calle. Me gustan las peregrinaciones a librerías. Me gusta ir a librerías como quien va a un museo, para mirar. Me gustan las librerías en idiomas que no leo. Me gustan las que tienen ediciones minúsculas e ignotas. Me gustan las librerías que me ofrecen cosas perfectas para mí, y que yo no sabía ni que existían. Y me gustan, sobre todo, las librerías de usados.

Son una especie de debilidad. Si paso por la puerta de una que no conozco, no importa lo apurada que esté, voy a hacer aunque sea una vuelta de reconocimiento. Es que las librerías de usados son una máquina de entropía: no existe librería de usados que pueda sostener un orden, no existe librería de usados que no provoque un desbarajuste, al menos en el plan lector de quien entra a ella. 

En las librerías de usados, en mis favoritas, el librero no está interesado en vos. Si estás buscando algo específico, puede hacer el esfuerzo por encontrarlo, pero sabe que una parte central de la experiencia es el hallazgo. Igualmente, una tampoco preguntará por ese libro específico, un poco porque significaría una traición a la elegancia de las formas, otro poco porque sería avivar giles. 

Regla nro. 1 de las visitas a librerías de usados: hay que evitar a toda costa que el librero sepa que lo que tenés entre las manos tiene valor, nunca un gesto que denote tus cartas o tus obsesiones.

No se llega a una librería de usados buscando, esto es central. Uno puede tener, sí, en mente objetos de deseo. Yo, por ejemplo, estoy ahora con la misión de encontrar las novelas que me faltan de Ricardo Colautti, cada visita a una librería pienso “quizás esta vez sí”, y miro con atención la C en Argentina, la R por las dudas, la C en ciencia ficción, los libros de abogacía porque Colautti era abogado y quizás…, las mesas de ofertas para ver si hay alguno de esa época de Sudamericana que me pueda dar algún tipo de esperanza. 

No se llega buscando, sino que se va a encontrar algo que, como en el amor, no se sabe muy bien qué es pero con el tiempo hemos aprendido dónde es más habitual encontrarlo. En mi caso, las áreas que reviso con más atención son literatura, artes y biografías. Esto no significa, claro, que no mire –aunque sea a vuelo de pájaro– ocultismo o historia. Porque, de vuelta, las librerías de usados nos enseñan que la maravilla puede aparecer en cualquier lado. 

Regla nro. 2 de las visitas a librerías de usados: revisalo todo. Revisalo varias veces. Volvé una y otra vez. Las librerías son seres vivos que se sacuden la piel vieja: el stock rota, el librero recibe cosas nuevas o trae de un depósito libros que encontró y una librería que ayer no tenía nada, hoy puede ser un palacio lleno de tesoros. La única forma de vencer el caos es con insistencia.

Las librerías de usados construyen el templo para el encuentro con el misterio del pasado, con libros que no se supone que estemos leyendo, con  conversaciones de moda muy viejas. A ese universo secreto, que no debería ser nuestro, y que sin embargo se nos ofrece. Nos convertimos en un explorador del siglo XIX. Con una expedición delirante como objetivo, vamos recolectando en el camino elementos inesperados pero fascinantes. Avanzamos a tientas, con la esperanza que da el deseo, con la certeza de que si cultivamos la curiosidad, siempre habrá algo más para nosotros. Al final, ¿existe un espíritu más triunfal que aquel que sale de una librería de usados con un librito de cinco mil pesos que quería leer hace rato? 

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