• Total
  • Posts
  • La colección que compartimos

La colección que compartimos

Sobre vinilos heredados

En casa, recientemente, nos incorporamos a una legión compuesta por entusiastas, snobs, obsesionados por la construcción de espacios offline, puristas del sonido, respetuosos de la obra, acumuladores o coleccionistas, fanáticos de los papelitos, agradecidos de los iniciadores de conversación, melancólicos, cazadores de ferias. Es decir, pusimos una bandeja de vinilos en el living. 

Aunque me ofendería si alguien me describiera como melancólica y no somos muy exquisitos con el sonido (hasta antes de la incorporación del equipo de música, escuchábamos en los celulares o en la tele), creo que en mayor o menor medida, todas las demás categorías nos calzan bien. 

No voy a hablar acá del ritual, de escuchar un disco entero, de volver a prestarle atención a la música o de los hábitos de coleccionistas neófitos que estamos desarrollando. Un poco porque hay mucho dicho sobre esos lugares comunes (que por comunes no son menos ciertos), otro poco porque no tengo nada que sumar: me gusta, es divertido, me encontré volviendo a escuchar música con entusiasmo, con la intensidad de la adolescencia, empezamos a hablar de música como hablamos de libros: entrando con machete y con brújula en selvas que parecen brillantes, pero de las que no conocemos más que la entrada. 

De lo que quiero hablar es de algo que puede ocurrir si una tiene padres vivos que han conservado algunos discos (de su adolescencia, de sus padres, de vaya Dios a saber dónde más) pero no la bandeja donde reproducirlos: unas semanas más tarde me traje (bendición mediante de sus ex propietarios) todos los discos que había en la casa de mis viejos. 

El botín era variado: algunos singles de Sandro, de Piero y de Palito Ortega, discos de los Redondos y de Spinetta, unos de Cantaniños de mi mamá cuando era chica, de Titanes en el Ring de mi papá, compilados de hits. 

Luego, los discos que ellos mismos heredaron: Lolita Torres, que imagino del lado materno porque tenían un costado más español. Uno de chistes de Marrone (ya la tapa me causa gracia, así que no quiero imaginarme el contenido), algunos de folklore y varios de tango que eran de mi abuelo y que incluyen o bien dedicatorias de sus amigos o bien su firma y un código porque era un coleccionista muy prolijo. 

Cuando conocí a mi abuelo, es decir cuando empecé a construir recuerdos (él me conoció mucho antes, y tenemos anécdotas muy divertidas de las que solo conservo el relato de otros porque, qué desgracia, tenía el defecto de ser un bebé) había convertido todos sus vinilos a CDs y esos, más otros que había comprado, los tenía ordenados con un código impreso en un papelito y listados en un Excel en la compu. 

Tengo varios recuerdos de mi abuelo en la compu, de esos recuerdos que no son fotos o historias de otros. Mientras escribo esto, lo veo de espaldas, pelado y un poco tirado hacia delante, pero no encorvado como un viejo (mi abuelo murió muy joven, así que en retrospectiva tiene sentido que no lo recuerde como un tipo achacoso porque, aunque pelado y sin dientes —en la época se usaba sacarlos todos y usar dentadura postiza— tenía cincuenta y siete años, un pibe). 

Me lo acuerdo ahí, jugando con un simulador de vuelo de avión que cuando era chica me parecía un juego aburrido. Me lo acuerdo ahí, leyendo tablaturas en lacuerda.net con un banquito que se había construido él mismo para levantar un poco la pierna cuando tocaba la guitarra. Después, recuerdos reconstruidos: preparar un tango para cantar en navidad con él tocando la guitarra, que nos enseñe a leer con la técnica infalible de usar malas palabras (escribía “culo”, “pedo”, “caca” o “tonto” en un papel y nos hacía leer, para que cuando lográramos decodificar el mensaje le dijéramos indignados “¡abuelo!” y él se muriera de risa), cruzar la calle 47 en diciembre con él, con una campera naranja fosforescente puesta que en mi recuerdo ambos amábamos y que me había regalado él ese mismo día de verano. 

Hacía mucho que no pensaba en mi abuelo. Son cosas del tiempo, es triste, pero es sobre todo lo que es y no puede hacerse mucho. Mi abuelo murió cuando yo tenía once o doce años, a esta altura viví más tiempo sin verlo que viéndolo. Pero, y ahí está lo genial, sí lo conocí, sí me acuerdo de él con imágenes que no son de otros. Y en la fortuna de ese cruce, lo encuentro en mí cuando un jueves a la tarde particularmente agotador, me dispongo a cargar los discos de la colección que compartimos con K. en Discogs. 

Durante esa carga me encuentro un vinilo genial de Edmundo Rivero que le regaló un amigo (qué sensación de agradecimiento que produce saber que han querido a quienes quisimos) y 45 años de tango con Pugliese que dice, escrito con lapicera, “Roberto” y un número, imagino un teléfono o un código de una de esas bases de datos. 

Y ahí, gracias a esa anotación cuyo interlocutor nunca fue otro que él mismo, una nota interna, vuelve como un aluvión mi abuelo Roberto entero: la guitarra, el banquito, los juguetes que nos arreglaba con parches de madera, los tangos, su auto blanco, la casa de 14, como se lo escuchaba entrar por el garage y atravesar el living hasta la cocina donde siempre estábamos, la forma en la que decía “pelotudo”, el gusto por la malapalabra, los dientes de cáscara de naranja, el quincho en la terraza, la cabeza con algunos pelos sueltos en la coronilla y pelo blanco en los costados, mi mamá cortándole el pelo algún verano.

Mientras escribo esto, escucho el disco de Rivero que creo no haber escuchado nunca antes, pero que suena familiar. Hacemos como que bailamos con K., nos reímos de algunas letras, una poesía maravillosa para decir cosas tremendas que no sobrevivieron a su época. Cuando termina el lado B, termino de escribir esa presencia de mi abuelo que se construye y con la que espero convivir algunos días.


Reply

or to participate.