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Fuiste al Bafici si no te fuiste del Bafici

Sobre El nacimiento del niño cripto

El domingo fuimos con Santi Miamigo a ver una película al BAFICI. Aunque quizás sea mejor arrancar de otra forma. El domingo, con Santi Miamigo, nos fuimos de una película del BAFICI. 

No es tan grave, de hecho es incluso parte del folklore del festival. La estructura te invita a sacar varias entradas, incluso a estar más dispuesta a ver cosas que en otro contexto no verías. Y cuando una ve cosas que en otro contexto no vería, puede ocurrir una maravilla, o puede terminar yéndose del cine. 

No había nada que nos permitiera intuir que ese iba a ser el curso de los acontecimientos. Era una noche linda, entramos al cine contentos porque nos habíamos tomado una cerveza antes, el director nos caía simpático por su trabajo como músico, pero por eso mismo, porque era su primera película, no teníamos demasiadas expectativas. Cuando mostramos la entrada, nos regalaron la silueta de unas manos, ¿qué podía salir mal? 

Spoiler: todo. 

Alguien del festival la presentó como “la película más BAFICI de toda la selección de ese año”, una gran forma de elogiar sin decir nada. Luego, el director contó que había decidido que quería hacer una película el año pasado, después de ver unos cortos en el festival. Dijo “yo quería también tener la cintita del BAFICI”. Y que a partir de eso, había juntado a algunos amigos y había empezado a filmar. Dijo que igual no se ponía la credencial ahora porque no iba con su estilo. Se justificó, dijo que había cientos de cosas a corregir, que podrían haber salido mejor, pero que hablábamos de eso cuando la película terminara. 

La película empezó, Santi se durmió a los diez minutos, y yo a los quince ya quería irme. Pero como no quería despertarlo, miré una hora de película, cada vez más enojada. La película en cuestión es El nacimiento del niño cripto, de Lucas Martí. 

La premisa está bien, pero una buena historia no es certificado de nada, ¿cuántas anécdotas geniales hemos visto morir por estar en boca de alguien que sencillamente no sabe contarlas? Esta es la historia de los hijos de unos sepultureros de Chacarita que supieron tener una logia ocultista. Entiendo que los padres, para castigar a uno, le tiraron maleficios a él, a su mujer y a su hijo. El tiempo ha pasado, y el castigado (creo, la narración es muy confusa) ingresa a la tumba del gran líder para ver si efectivamente habían sido robadas sus manos, y, estimo, para deshacer el maleficio. 

El problema de la película no es lo pobremente filmada que está, ni lo mal mezclado del sonido (sorprendente cuando se trata de la película de un músico bueno). Tampoco la falta de construcción de los personajes, o la confusión con la que está contada. Ni siquiera es el problema central que sea una película mala. Si hubiera sido sencillamente una película mala, podríamos verla con el cariño con el que se ve un portarretratos hecho de fideos: con ternura, con humor. 

El problema está en que, quizás por miedo, quizás por vagancia intelectual, es una película que se queda corta. Que en lugar de tomarse en serio, poner todo sobre la mesa y correr el riesgo de que el resultado sea mediocre (como hacen, por ejemplo, Un buen día o The room, las más famosas del género “películas malas pero adictivas”), se esconde detrás de una pared de contención. Se nota en la película al autor diciendo “lo hice así no más, esto es una pavada, si me lo hubiera tomado en serio lo que sería”. 

Pero claro, películas como Un buen día solo funcionan cuando quienes hacen la película la aman y dejan todo ahí. Cuando lo que están buscando es hacer lo mejor, vaciar el tanque. Incluso cuando el resultado no es bueno, la sensación que produce ver algo hecho con ese nivel de compromiso, de amor por la idea, es conmovedora. 

El nacimiento… es, en cambio, una película floja, pero además es una película autoconsciente de su flojera. Intenta reproducir el efecto de de-tan-malo-es-bueno para disimular con desapego su cobardía. Pero claro, ese no es un efecto que se pueda reproducir, es lo que ocurre cuando alguien da todo lo que podía dar y eso no alcanza, por falta de conocimiento técnico o de habilidad.

A la hora, hora y cuarto, Santi Miamigo abrió los ojos el tiempo suficiente como para que no me diera pudor decirle “¿vamos?”. No hacía falta ver más, menos quedarse al momento de preguntas y respuestas. Nos volvimos en subte, con unas manos de cartón pintado que quedaron de souvenir de la película. En nuestro vagón, un hombre bailaba como si su cuerpo no respondiera a las leyes de la física. 

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