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Escapismo literario
Sobre la lectura de bodoques
El verano es propicio para la lectura de bodoques. Libros largos, muy largos, que nos ayudan a pasar las horas en una ciudad que se siente más vacía o frente al tipo de agua que nos haya tocado ese año. Historias que requieren tiempo para contarse, ya sea porque pasan muchas cosas o porque han decidido contarlas con mucho detalle.
Hay otros libros que se benefician de ese tipo de concentración que ofrece el verano. Por ejemplo, los libros que son cortos, pero que necesitan una lectura de un tirón para poder entrar, disfrutarlos de verdad. O libros exigentes, que requieren una lectura atenta de cada frase, sin hacer diagonales, ya sea por la hermosura con la que están escritos, por lo abigarrado de las ideas o por la distancia de tiempo que nos separa de su primera publicación.
Pero los bodoques son diferentes. No nos reclaman, sino que nos invitan al placer de estar fuera del mundo un ratito más. Tienen todo para que la propuesta sea tentadora: personajes que ya pronto conocemos bien, con los que podemos encariñarnos, cosas que pasan en dosis que la literatura contemporánea fragmentaría y distribuiría celosamente en muchas novelitas sobre nada. Es que los bodoques son derrochones, excesivos. No requieren la perfección de un cuento, porque tienen tiempo para enmendar sus errores. No piden una lectura atenta, porque saben que igualmente vamos a estar por ahí varios días.
Lo único que exige el bodoque es cierta constancia. Para que el artefacto funcione, tenemos que poder leer idealmente todos los días, avanzar de a media hora, por lo menos, por sentada. Nada de dos páginas antes de dormir. El bodoque no es celoso, pero sabe lo que ofrece y pide a cambio compromiso.
Quizás es por esa certeza, la de que vamos a tener que comprometernos un tiempo, que le damos vueltas a la decisión de cuál va a ser nuestro bodoque del verano. Como si de un pretendiente se tratara, lo miramos y nos preguntamos si será divertido, si será interesante, si será conversador. Nos preguntamos si podríamos enamorarnos.
Por eso en esta entrega, (porque sí, soy de esas personas que están todo el tiempo pensando en presentar gente y libros) me pongo en celestina y les dejo los perfiles de algunos bodoques para que los inviten a salir este verano.
El primero es mi bodoque favorito, probablemente uno de los libros que más amé, que recuerdo como un lugar feliz al que me fui unas semanas en 2020, cuando no había más vacaciones que los libros de aventuras. Estoy hablando de Poderes terrenales, de Anthony Burgess. El Vaticano busca canonizar a un papa que ha muerto hace poco, pero para eso necesitan a un testigo del milagro. El afortunado es nuestro protagonista, un escritor gay, ateo y apóstata, de ochenta y un años, que fue cuñado del papa cuando este todavía era sacerdote. La excusa perfecta para que ese narrador escéptico y divertidísimo nos cuente la historia del siglo XX. Burgess es parte de esa extraña raza de escritores ingleses católicos, y en sus novelas sobre el tema (pienso también en El reino de los réprobos), pone a un escéptico como espectador, como quien dice “mirá, si este cree, debe ser”. No está reeditada, pero se consigue digital y usada si le ponen empeño.
Cuando fuimos huérfanos de Kazuo Ishiguro era –en mis años de librera–mi caballito de batalla para señoras lectoras, que buscaban algo un poco más raro. Es en principio la historia de un detective, el más famoso de su época, que abandona toda la comodidad para embarcarse en la búsqueda de sus padres, que desaparecieron hace más de cuarenta años. Digo en principio, porque es una novela delirante, pero de un delirio coherente en sí mismo. Es decir: una avanza con la lectura, con ritmo y entusiasmo, que es como se avanza en la lectura de libros bien construidos. Después interrumpe la lectura y se va hacer otra cosa, a meterse al mar, por ejemplo, y la cabeza vuelve sola a pensar en el libro y ahí aparece la pregunta, “¿pero este tipo no sabía que los padres habían muerto?” o la sentencia “Dios, esto es un delirio”. Y sí, este bodoque es un delirio, como las mejores novelas de Ishiguro, que es un maestro en contar historias con la estructura que tienen los sueños. Y, como los sueños, las novelas de Ishiguro logran hablar con más precisión y de forma más singular de los temas que nos importan.
No se puede hacer una lista de bodoques de verano y no nombrarlo a él, el rey de los bodoques del verano. Stephen King es una máquina genial de escribir novelas ideales para recuperar un ritmo lector y entregarse al melodrama sin pretensiones. El libro en cuestión es de mis favoritos (aunque no el número 1, Cementerio de animales, una novela perfecta sobre el duelo. Ni el número 2, Carrie, que parece como si Puig hubiera escrito Boquitas pintadas en clave de fantástico): se trata de 22/11/63. Para el lector latinoamericano, el título bien podría venir con una aclaración: esa es la fecha en la que asesinaron a Kennedy. Es que esta novela, es la antesala de una ucronía. El protagonista descubre una forma de viajar al pasado y asume el compromiso de usarla para salvar a Kennedy (compromiso que parecen compartir todos los yankees). ¿El problema? Ese túnel del tiempo que se encuentra va a 1958, lo que implica que se va a tener que pasar una temporada en el pasado. Este bodoque es eso: la oportunidad de pispear el pasado, de vivir un rato ahí, de enamorarse de mujeres del pasado, dar clases en escuelas del pasado, probar los sabores del pasado. Esa oportunidad (que para el resto de los humanos que no tuvimos la fortuna de cruzarnos un túnel del tiempo, se nos presenta –aunque limitada– en la literatura) es tan encantadora que hace que nos olvidemos de la misión principal. Lo que quiero decir con esto es que, si bien esta es una novela profundamente norteamericana, no es de esas historias que solo conmueven a quienes son parte de esa tradición.
El último bodoque está al límite del bodoque, casi es solamente una novela larga. Por suerte para la novela y para mí, esta es mi lista arbitraria de lecturas para el verano. Hay algo extraño en leer libros en los que el clima es algo importante y coincide con el de la realidad en la que vivimos. Es un recurso divertido, pero peligroso, y cada lector tiene que usarlo a su propio juicio. La salvedad viene porque estamos hablando de lecturas de verano, y en Instrucciones para una ola de calor, de Maggie O’Farrel, hace mucho calor. Pero no solo eso, para nosotros el verano incluye altas dosis de convivencia familiar, e Instrucciones es, principalmente, una novela con tanta reunión familiar como un año nuevo con Crónica TV de fondo. Robert Riordan, jubilado, sale a comprar el diario y no vuelve. Su esposa, preocupada, llama a sus tres hijos para que vuelvan a la casa familiar y la ayuden a resolver el problema. Pero, como en todas las familias, los integrantes descubren gracias a esa convivencia forzosa y abombada, que se conocen mucho menos de lo que creían. Es una novela preciosa, con personajes adorables, llenísima de chusmerío y acalorada. No se me ocurre nada mejor para el verano.
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