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El camino obvio

Sobre libros de autoayuda y los caminos del deseo

Estos primeros días del año estuve leyendo muchos sobre escribir. Estoy armando un taller de escritura sobre hacer ingeniería inversa que es,para mí, es la mejor forma de aprender a escribir (o a hacer casi cualquier cosa, si nos ponemos exquisitos). Es decir, ver cómo otros hicieron algo e intentar imitarlo. Es un método que funciona, que pone al ser lector por delante del ser escritor –cosa siempre muy importante en los talleres– y, sobre todo, es una forma muy divertida de aprender herramientas. 

Pero, como es la primera vez que lo voy a armar para la escritura de narrativa , me puse a revisar algunos de esos libros que parecen clásicos sobre cómo escribir. 

Por eso me pareció buen momento para encarar El camino de la escritura, de Julia Cameron, una especie de segunda parte de El camino del artista. Ese último es un libro súper famoso, y me generaba entre curiosidad y vergüenza. Mucha gente cuya capacidad de producción respeto mucho lo tiene como referencia, pero a su vez se ve como uno de esos libros que insisten demasiado en la idea de que el arte tiene valor porque es sanador. Y yo no creo que el arte tenga que sanar nada. Si lo hace, es de casualidad y bienvenido sea, pero no es su función. Si hay que sanar cosas, mejor ir a un médico o a un psicólogo y no a un taller de escritura. 

No es el primer libro de autoayuda que leo, y probablemente no sea el último. Hay que resignarse. Yo busco respuestas en libros, y a veces aparecen en la literatura, otras en ensayos y las menos en libros como La magia del orden. 

Son un género en sí mismo y, como tal, tienen sus propias reglas. Son machacones, repiten hasta el hartazgo sus diez piezas de sabiduría (nunca son muchas más), están llenos de ejemplos sobre cómo otra persona anónima siguió sus consejos y publicó un libro, ordenó su vida, encontró el amor o se compró un Lamborghini. Los consejos suelen ser obvios, casi una pavada, casi algo que te hace pensar “Dios, ¿en serio a este tipo le pagaron por escribir esto?”. Y ahí está lo interesante. 

Cuando estudiaba música académica (sí, soy una caja de sorpresas), una especie de mantra que repetían los docentes de Composición era que hay que cuidar los temas. Una canción suele tener uno, dos temas. Es decir, una o dos ideas musicales que se van modificando para desformarlas: se le agregan o se le sacan partes, se tocan sobre distintas armonías, se espejan o se invierten, etcétera. Eso hace que la obra se escuche cohesiva, pero también refuerza la idea de que para hacer una pieza (sea el lenguaje que sea) se necesitan más horas de trabajo que visiones de la inspiración y, en última instancia, nos deja con un repositorio de ideas para usar en otras canciones. 

Lo que enseñan los libros de autoayuda desde su forma es algo parecido. Es un error de principiante querer meter todo en un solo lugar. Es habitual encontrarse con primeras novelas que tienen ideas como para cinco o seis libros. Una sola parece poco, da la sensación de que va a quedar pobretón. Entonces llenamos, llenamos, llenamos, en lugar de simplemente jugar con ese único elemento. Esto no quiere decir, claro, que haya que andar amarreteando cuando uno escribe. Pero sí que tendremos que tendremos que tomar la decisión de si el texto efectivamente pide tanto, o si andamos con miedo a que tenga gusto a poco. Cada cual elegirá qué riesgo tomar. 

El camino de la escritura no es la excepción a su género, y los consejos que da son, inevitablemente, obvios. Escribí todos los días, llevá un diario, ponete un objetivo fácil de alcanzar y cumplilo, no le des bola al super yo, escribí literatura con la boca cerrada. No hay ninguno deslumbrante. Con ninguno la lectora se lleva la mano a la cabeza y dice “¡Cómo no se me había ocurrido antes!”. 

Todos sabemos que para escribir hay que escribir, que hay que tener una cuota de autoconocimiento y otra de conocimiento del mundo (ninguna es necesaria en dosis altas, pero sí como una prueba de que existe un ejercicio habitual de la mirada), que hay que dominar el ego –la vanidad de creerse bárbaro y también la de creerse un desastre–, que caminar ayuda a pensar y pensar es la antesala de escribir. Que hacer una cosa que no hacés habitualmente hace que se te ocurran ideas, de la misma forma que hablar con gente que te entusiasma hace que aparezcan nuevas conexiones.

Pero que algo sea obvio no significa que haya que descartarlo automáticamente, porque es malo o porque ya es sabido. Más vale lo contrario. Una cosa es reconocer una idea, y otra es aprenderla. Sobre eso más vale prestarle atención a los senderistas. 

Un caminante, cuando se encuentra con uno de esos recorridos que hacen decir “¡pero era obvio que era por acá!”, y que el camino oficial no imita, se pone patas a la obra. Camina y, junto a otros como él que lo imitan, crea lo que se llama un desire path o camino deseado, y que son esos caminitos hechos a fuerza de gente pasando por el recorrido que resulta más óptimo. 

El cerebro, como la tierra, necesita de varias pasadas para generar un surco nuevo y habituarse a ese recorrido. Por eso insisten los que saben (es decir, los que escriben libros de autoayuda) en que hay que repetir las cosas, volverlas hábito, para probar que funcionan. Cuentan, quizás, con que uno abandone a medio camino y nunca pueda decir si no funcionó porque el método era malo o porque uno no lo hizo a fondo. 

Yo por lo pronto estoy probando llevar un diario en ayunas (lo que Cameron llama morning pages) un poco porque es verano, y el verano acompaña las empresas infructuosas, otro poco porque me parece que puede ser un ejercicio interesante para aflojar la mano y ajustar el cerebro. De base es divertido escribir en el balcón, sin mucha intención de decir algo que se entienda, solo por el gusto de desenredar el pensamiento, mientras el día insiste en despertarse.

Foto de Jan Dirk van der Burg, autor de Desire Lines

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